El agónico espectáculo que viene mostrando la FIL

Marc Bayés //Quito.

Es viernes al mediodía. El tráfico está impracticable en la Avenida Patria. Es imposible cruzar la calle para llegar a la Casa de la Cultura Ecuatoriana Benjamín Carrión (CEE). El paso cebra no detiene a los autos pero sí al peatón.

El bullicio de la calle contrasta con la tranquilidad del parque que rodea la CCE. Muy pocos franquean la entrada al edificio, de la que cuelga un cartel anunciado la IX Feria del libro de Quito. El visitante de este evento, cuyo objetivo oficial es promover la lectura en la sociedad ecuatoriana, se encuentra en un espacioso hall, inmenso y, sobre todo, vacío.

En una esquina tranquila de la puerta de entrada, hay una  poco concurrida mesa con una señora sentada. Ella es quien alcanza, automáticamente, un ejemplar de la magnífica publicación del programa del evento literario a quien se acerca. Debe ser el punto de información. Nada anuncia que lo sea.

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Aquel que pese al aire de abandono del lugar, se aventura a seguir andando por el interior del edificio se encuentra con un amplio pasillo con puestos de libros a lado y lado: 4 estands mal iluminados y 4 gatos. En los tres pisos ocurre la misma cosa: poca luz y menos visitantes. Rodrigo Andrade, expositor de Bibliothek, sentencia: “La feria no crece porque no hay publicidad”.  Su compañero de estand, Óscar, lo secunda: “No es como en otros años”.

Los libreros, a pocos días de empezar la FilQuito2016, recibieron la noticia de que se cambiaba el recinto ferial: del bicentenario a la CCE. Algunos expositores se plantearon no acudir al evento, pero ya lo tenían todo preparado, así que decidieron participar. Sin embargo, el reclamo se instaló en los expositores. Miguel Vallejo, empleado de Libresa, subraya que “el cambio repentino de recinto ferial” fue un factor determinante de la  mínima concurrencia a la feria de este año.

El cambio de escenario inesperado es un error de organización, pero no explica los malos resultados de la feria. A algunos les gustaría creer que lo que dicen los índices de lectura del país de la mitad del mundo es el factor determinante, pero el caso es que la última encuesta de hábitos lectores de los ecuatorianos reveló que el 73% lee a menudo, extraordinariamente por encima de los valores de otros países latinoamericanos.

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Según los datos de Cerlalc (Centro Regional para el Fomento del Libro en América Latina) y la Unesco sobre el comportamiento lector y hábitos de lectura en América Latina y el Caribe, publicados en 2012, Colombia tiene un hábito lector del 45%; Perú, del 35%, México, del 25%. Bogotá (Colombia), Lima (Perú)  y, especialmente, Guadalajara (México) celebran ferias del libro tremendamente exitosas.

Lima y Bogotá son las dos capitales de los países limítrofes con Ecuador. Han celebrado este mismo año 2016 una FIL con cifras de asistencia y de ventas loables. Los valores de ambas ferias sobrepasan el medio millón de visitantes y se divulgan en distintos medios con orgullo. En Ecuador los datos son muy distintos: según el Ministerio de Cultura y Patrimonio —la entidad responsable de la organización de la feria del libro de Quito—, entre 2011 y 2015, asistieron en promedio 103.313 personas, publica el diario La Hora. Para este año 2016, Luzuriaga, presidente de la Cámara del Libro ecuatoriana, aseguró a El Comercio de Ecuador: “Se busca tener dos fines de semana para convocar al mayor público posible (…) tenemos registros que son más de 80.000 las personas que nos visitan año a año (…) este año esperamos tener más convocatoria, si llegamos a los 100.000, sería un éxito…”. Terminado el evento, un tuit de La Cámara indicaba que más de 60.000 personas habían asistido a la feria.

La cifra de ventas en la FIL Lima en 2015 fue superior a los 4 millones de dólares, según publica la organización. El evento colombiano registra una cifra de negocio de más de 12 millones de dólares, según el diario económico Portafolio. Frente a estas grandes cantidades, los números ecuatorianos representan valores poco convincentes para los expositores y los negocios editoriales: el promedio de ventas de la FIL Quito supone 84 mil dólares entre 2011 y 2015.  Sin embargo, según declaraciones a El Comercio, Luzuriaga sostiene que las ventas de esas empresas en la feria sobrepasarían los USD500.000 solamente por la comercialización de libros.

Juan Pablo Crespo, escritor y editor independiente ecuatoriano, reclama que  “el objetivo de los ecuatorianos debería ser empezar a competir con los países vecinos, ya que Colombia y Perú siempre nos llevan la delantera con ferias y publicaciones literarias”.

La FIL Guadalajara, el país menos lector registrado por el informe, presenta cifras astronómicas en 2015: 792 mil visitantes y 42 millones de dólares en ventas.

Si el índice de lectura no permite establecer el éxito o fracaso de una feria, quizá sí otro aspecto: las actividades. Bogotá presentó 1500 eventos en 14 días; Lima, más de 720 actividades culturales en 17 días; Ecuador, poco más de 100 en 10 días.

No es necesario encarnizarse en comparativas odiosas, pero hay una lección de fondo: La FIL Quito no funciona en términos cuantitativos, pero tampoco en los cualitativos. ¿Por qué no una feria con personalidad, distinta, alternativa, independiente? ¿Funcionaría una feria de editoras exclusivamente independientes? El caso es que estas editoriales estaban relegadas al tercer piso de la CCE, frente al célebre mensaje de Benjamín Carrión: “Si no podemos, ni debemos, ser una potencia política, económica, diplomática y menos, ¡Mucho menos!, militar, seamos una gran potencia de cultura; porque para eso nos autoriza y nos alienta nuestra historia”.

¿Sería pedir demasiada creatividad a las instituciones públicas que siguen sin hacerle demasiado caso al evento que se lo tomen en serio? Crespo señala que “jamás” ha sido incentivada la lectura en Ecuador y jamás ha sido puesta la cultura en “un lugar central desde el poder, desde la política”. La campaña de incentivo de la lectura Eugenio Espejo terminó en 2011. No es posible encontrar en su web ningún análisis de resultados.

La FIL Quito sigue celebrándose, pero exige un replanteamiento profundo, innovador, imaginativo si quiere dejar el agónico espectáculo que viene mostrando.

Son las cinco de la tarde del viernes. La Casa de la Cultura Ecuatoriana sigue tranquila, callada. En la Avenida Patria, sin embargo, el bullicio de los transeúntes y, sobre todo, de los automóviles a estas horas es ensordecedor.

¿PODRÁ HABLARSE DE PAZ LUEGO DE BURLAR LA DEMOCRACIA?

El 30 de mayo de 2016 Juan Manuel Santos recibió el apoyo de 6.758.539 de colombianos que confiaron en que mantendría la política de defensa y seguridad democrática como fundamento para derrotar definitivamente a las narcoguerrillas y otras organizaciones armadas ilegales que, aunque habían dejado de ser una amenaza para las instituciones, si constituían un factor de perturbación de la convivencia en el país. Eran votos uribistas porque entonces nadie más daba un peso por él o eso era lo que parecía. El Polo Democrático, que aglutinaba a toda la izquierda, apenas recibió el 9,3% de los votos y el moribundo Partido Liberal el 4,38%. Las Farc-Ont no representaban ni el 1%, que lo constituían el ortodoxo Partido Comunista Colombiano, en las encuestas de favorabilidad.

Lo que nadie pudo percibir o no quiso creer, era que Juan Manuel Santos desde 2006 cuando asumió el Ministerio de Defensa, se había dedicado a una tarea de zapa al interior de las Fuerzas Militares; era claro que la institución castrense constituía un bastión contra la penetración de las ideas socialistoides como alternativa del poder por su plena identificación y defensa de la institucionalidad democrática como lo ordena el art. 216 de la Carta. Había que destruir la pirámide jerárquica y la moral de los soldados y junto a Sergio Jaramillo lo lograron, inventaron el cuento de los falsos positivos y se deshicieron de los mejores soldados en la lucha contra el narcoterrorismo.

Juan Manuel Santos encontraba abiertas las puertas al poder que tanto había ansiado y al que nunca había podido acceder por votación popular, ni llamando a finales del siglo XX a las narcoguerrillas y a los paramilitares para aliarse con él y tumbar a Ernesto Samper: “A mí me consta que sí había intenciones de armar una coalición siniestra patrocinada por Juan Manuel Santos, por narcotraficantes, paramilitares y guerrilleros. Tuve conocimiento por parte de Gilberto Echeverry que era mi ministro, de los contactos que se hicieron hasta con las Farc”, sostuvo Samper ante los medios en abril de 2010 y Salvatore Mancuso desde la prisión en EE. UU confirmó ese dicho. Santos, con la protección de Uribe hasta creó un partido político para supuestamente apoyar al ex presidente, el partido de la U, al que convocó a políticos que como él estaban dispuestos a aliarse con el diablo para tomarse el poder, sus aliados eran todos los condenados por apoyo paramilitar y los clientelistas corruptos que siempre medran en esas esferas.

Las condiciones para la tormenta perfecta estaban dadas, ya en la presidencia llamó a los derrotados en las elecciones y conformó sus propias mayorías, cooptó los poderes públicos y se apoyó en el PC3 que las Farc había infiltrado en los centros estratégicos del Estado; el mismo 7 de agosto de 2010 daba la puñalada por la espalda a quien lo llevó al poder y junto con él los antiguos aduladores de Uribe, los que defendían la Política de Defensa y Seguridad del Estado en el Congreso, los Roy Barreras, Armando Benedetti, conservadores, partido de la U, mostraron sus protervas intenciones y le dieron la espalda a su líder, se pegaron al presupuesto y la nómina estatal para crear un corrupto bloque de poder. Los liberales, que apenas habían logrado el 4,38% del respaldo del poder se convirtieron en la segunda fuerza política después de Santos que sistemáticamente se deshizo de cualquiera que en un futuro cercano pudiera ser rival, sólo se quedó con las sabandijas rastreras sin conciencia y sin dignidad a quienes solo le interesan los contratos, los puestos, las prebendas, con la escoria de la política colombiana.

Pero eso que liberales y conservadores habían convertido en la impronta del ejercicio de la política en el país no era lo más grave; accedió al poder y su primer acto fue enviarle una carta secreta a Alfonso Cano, el cabecilla de las Farc, contándole que ya estaban dadas las condiciones para imponer la Plataforma Bolivariana para la Nueva Colombia como columna vertebral de la nueva institucionalidad: “No hagan caso a lo que diga en público, quiero hacer la paz” les prometió en septiembre de 2010 y se dio a la tarea de doblegar las instituciones y a la misma sociedad a un proceso de claudicación manipulando el art. 40 de la Constitución, paralizando sistemáticamente a las Fuerzas Militares (había creado una línea de mando sumisa a sus intenciones políticas) y dirigiendo todos los recursos del Estado a lavar la imagen de los narcoguerrilleros y culpar a todo aquel que significare oposición.

El enlace con las Farc-Ont era una persona de sus entrañas, un siniestro individuo llamado Henry Acosta que él había infiltrado desde sus épocas como Ministro de Uribe para adelantar conversaciones con la organización criminal y adelantar la tarea que hoy sus esbirros le endilgan al ex presidente diciendo que él había ofrecido lo mismo que hoy le dan a la narcoguerrilla. Santos nunca dejó de jugar cartas marcadas para después mostrarse inocente de lo sucedido y destruir mediática o judicialmente, para eso tiene el poder, a sus contradictores. Sigue al pie de la letra las mismas sucias y criminales tácticas de quien ahora es su mejor amigo, el mismo Samper que quería tumbar.

Durante 6 años Santos se dedicó únicamente como presidente a crear las condiciones para el arribo al poder de las Farc-Ont, que derrotadas militarmente fueron convertidas por él en fuerza política; de una credibilidad de menos del 1% en 2010 hoy Santos presenta una organización criminal “respaldada” por un 18% de idiotas útiles a sus intenciones. En 4 años Santos había dilapidado más de 14 mil millones de pesos en lavar la imagen de los narcoterroristas en Cuba; más de $115 mil millones en contratos asignados a sus aliados y amigos con el cuento de la paz; $10.360 millones en propaganda a favor de las Farc; $1.264.400.000 millones en pago a medios y empresas encuestadoras para convencer a los colombianos de sus propuestas y esto es apenas una pequeña muestra de lo gastado, desde 2014 el gobierno dejó de presentar cifras reales del costo de la mermelada corrupta disfrazada de paz.

Mientras los niños mueren de hambre en Colombia; las mujeres y los ancianos mueren a las puertas de hospitales quebrados; la miseria se disfraza en los datos estadísticos; la informalidad laboral amenaza a diario a los hogares y la seguridad social se diluye, el gobierno Santos que recibió el país con un endeudamiento externo de aproximadamente un 20% del PIB, ha llevado hoy ese endeudamiento al 38% del PIB, lo que quiere decir más o menos que en el actual gobierno el país se endeudó tanto hasta casi duplicar la deuda. Un solo presidente adquirió tanta deuda como la adquirida por los presidentes que ha habido en casi 200 años de historia. En 5 años prestamos tanta planta como en los 100 años anteriores y no se ve en qué se invirtió. El país sigue sin carreteras decentes, con apenas hospitales, colegios y universidades. Nos gastamos la plata de varias generaciones y no quedó ninguna obra importante que jalone la economía del país. No hay nada qué mostrar, distinto a una narcoguerrilla empoderada y segura de la impunidad para gobernar.

Después de tanto despilfarro, de tanta mentira y manipulación, del juramento de lealtad de los gusanos que le siguen, Santos estaba tan confiado de su victoria que preparó el insultante show de Cartagena para firmar la claudicación ante las Farc, que convocó el plebiscito del 2 de octubre para legitimarla; nunca esperó que no todo el pueblo colombiano hubiere sido anestesiado y engañado con su paz y mayoritariamente los ciudadanos le dijeron NO a la falsa paz con impunidad que había firmado. El ruido de su derrota resonó por todo el mundo y lo único que pudieron decir fue que ese día llovió y algunos amigos del sí tuvieron pereza de salir a votar.

Pero un tahúr mañoso y tramposo no se rinde, sacó del bolsillo otro juego de cartas marcadas y decidió que como puede hacer lo que le da la gana podía sustituir la decisión mayoritaria por la obediencia de sus gusanos en el Congreso; maquillaron semánticamente los acuerdos derrotados y presentándolos como algo nuevo hizo que 200 congresistas reemplazaran la decisión de 6.5 millones de colombianos que dijeron NO, un premio nobel conseguido a punta de concesiones petroleras le daba ese derecho.

Hecha la tarea sucia ayer dice en la Escuela Militar que era el primer día de la paz (tantas veces lo ha anunciado que ya le pasa lo del pastorcito mentiroso), que era el día D, en seguida sus socios de las Farc le dijeron no, no hasta que tengan garantizada la impunidad con una ley de amnistía e indulto general y las leyes que les permitan hacer de las supuestas zonas de concentración verdaderas republiquetas independientes, centros de gravedad estratégica desde las cuales puedan desarrollar las estrategias del poder que es lo único que les interesa, no la falsa paz de Santos.

Se equivoca Santos si cree que todos los colombianos aceptarán pasivamente que sobre la sangre de nuestros héroes, muertos y mutilados defendiendo la democracia, de nuestros campesinos e indígenas masacrados por las Farc, ayer mientras anunciaba la paz una niña de 6 años moría despedazada por un artefacto explosivo de esos bandidos disfrazados de Eln, sobre la incertidumbre del destino de 3.874 colombianos secuestrados-desaparecidos por la narcoguerrilla, va a imponer una paz creada sobre la falsedad, el engaño, la mentira y la traición.

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