¡Arañita, corre!

Por la tele un científico prestigioso muestra su nuevo descubrimiento. Suelta una araña ante él y con unas pinzas le quita una patita. Después le dice jolgorioso: “Arañita, corre, ¡corre!”. Y la araña, efectivamente, da vueltitas por la mesa. Entonces el investigador blande sus brillantes pinzas y nuevamente ataca al bicho, quitándole otra pata. Le repite la orden y se repite el bullicioso caminar de la arañita. Así pata por pata, y orden tras orden. Cuando, empecinada en el eterno movimiento, la triste araña se arrastra con una sola pata por el tablero, el científico, saboreando el advenimiento del triunfo, se acerca y arranca con precisión la última extremidad. Entonces susurra suavemente: “Arañita, corre, corre”. Pero la araña esta vez permanece quieta. El científico se incorpora y grita: “¡Araña, corre!”. Pero el amorfo guiñapo no hace nada. En ese momento, mirando a cámara, el investigador, ahíto de satisfacción, nos muestra las conclusiones del experimento: “Como pueden ustedes comprobar, cuando una araña pierde las patas… se queda completamente sorda”.

Confundidos por el golpe final y creyéndonos instintivamente listos, tendemos a burlarnos de la estupidez del científico loco, igual que hacemos por ejemplo con Sáenz de Santamaría cuando habla de la felicidad en nuestras calles. Nos parece risible la actitud pagada de sí misma con la que saca conclusiones ridículas de premisas evidentes. Es difícil que con la que está cayendo en nuestro país, el termómetro de la vicepresidenta vaticine tanta salud, y sin embargo, lo dice convencida. Y nosotros nos reímos, dando por descontado que esa gente que está ahí al otro lado del plasma son menos listos que nosotros. Pero el error es nuestro. Creemos que el científico tiene como misión demostrar hechos, cuando lo que hace es demostrar teorías. Igualmente los Bacterios políticos experimentan con nuestra realidad para finalmente contarnos una ficción verosímil que más o menos coincide con los números que más o menos tienen que ver con lo que más o menos nos define. El político de altura es el que construye un relato elevado y mullido de nuestro presente. Está chupado relatar el pasado como una horrible pesadilla de la que hemos despertado, o vender el humo de un futuro luminoso en el horizonte. Lo que tiene mérito es transformar nuestro presente de puta mierda en de puta madre y que a fuerza de insistir, nos lo creamos.

Nosotros nos reímos de ellos, y ellos se encogen de hombros y continúan arrancando patitas. Cuando mi hermano mayor me contaba este chiste, yo también reía burlándome del estúpido científico. Pero si uno se pone en el punto de vista de la arañita a la que han jodido la vida, el experimento no tiene maldita la gracia, y el científico te parece simplemente un embustero hijo de puta.