Después de San Valentín

Marilyn Monroe y Don Murray en “Bus Stop” o “The Wrong Kind of Girl” (1956). Wikimedia Commons.

Por fin quedó atrás el dichoso “Día de los Enamorados” (por cierto, ninguna feminista que conozco reclamó, tampoco, este año, el “Día de las Enamoradas”, como sí suelen hacer con otros plurales que usan el masculino como “neutralizador” que nos anula a las féminas… ¡por algo será! Piénsalo). Por mi parte, no quise dedicarle ninguna entrada de mi blog este año al temita; en su lugar, preferí servir de eco de lo que aparecía en el muro de noticias de Facebook, y añadir algún que otro comentario muy breve, porque, la verdad, me resulta cada día más frustrante el incremento del machismo más casposo en nuestra sociedad, en todos los sectores y a todos los niveles, a pesar del buen camino que parecía que estábamos recorriendo hace tan solo un par de años. Escuece ver esas noticias que nos lo demuestran: el 30% de nuestros jóvenes cree que las mujeres maltratadas se merecen esas agresiones; siete mujeres han sido asesinadas este año y no pasa nada; la policía detuvo anoche a dos hombres por agredir a sus parejas en el “Carnaval más pacífico del mundo”, el chicharrero, y todo sigue igual; nos dicen que en Canarias se producen 39 llamadas diaras de socorro al teléfono de emergencias (el 112) por violencia de género, y la vida sigue igual… Eso, por hablar de lo que me queda más cercano. También podría hablar de que en Canarias, por ejemplo, según el OBECAN (Observatorio Canario de Empleo), en enero de 2015, las cifras de contratación csuponen un aumento del 4,1% en hombres y un 0,7% en mujeres con respecto a las de diciembre del año anterior, a pesar de que hay más mujeres que hombres en el paro.

Tal vez pueda parecer una parrafada a quien no se haya preocupado por lo que todo eso significa, pero a mí sí me importa. Lo suficiente como para que, al día siguiente de San Valentín, cuando ya Cupido se ha divertido bastante con tanta ñoñería, me toque a mí sentarme ante mi ordenador para enviar este “mensaje en una botella”, una vez más, con la misma fe de siempre: que sirva para despertar conciencias, porque todo eso que he dicho en el primer párrafo no es teoría, no es un resultado de una encuesta amañada ni de prensa tendenciosa, no escribo folletos propagandísticos para nadie, y no tengo ninguna otra intención escondida. Es, simplemente, una especie de retrato de una sociedad empobrecida en todos los sentidos, en la que las mujeres, como siempre, somos las más marginadas, las que salimos más desfavorecidas, y las que, muchas veces, nos vemos cargando con más responsabilidades. Es la imagen de una realidad que está llevando a muchas mujeres a sentirse obligadas, por necesidad o porque ya se han rendido, a soportar situaciones que las perjudican, que no les aportan ningún beneficio, que les impiden acceder a lo que podría ayudarlas y las mantiene presas en esas jaulas que, un día, creían que iba a ser un hogar, con una persona que parecía ser alguien que, por fin, las quería y valoraba y quería estar con ellas. Son demasiadas, ya, las que veo que están regresando con sus agresores, porque se sienten igual de maltratadas lejos de ellos y, además, no tienen ninguna esperanza de que algo pueda cambiar para mejor, ni con ellos ni sin ellos. Lo peor es que otras siguen sus ejemplos: lo ven en la prensa, lo ven en sus casas, lo ven en la literatura, en el cine, lo escuchan en las canciones… y ellas imitan, consciente o incoscientemente, esa búsqueda enfermiza y equivocada de un par de brazos que les den calor, evitando reconocer ante sí mismas lo que ya saben: que será un abrazo que las asfixiará.

No podemos seguir bajando la guardia “por la crisis”, mirando hacia otro lado “porque es algo demasiado complicado”, evitando el tema “para no complicarnos la vida”. No hace falta salir a la calle a mostrar nuestros cuerpos desnudos gritando como descosidas cualquier grosería, con flores en el pelo y maquillaje porno, para reivindicar respeto. Se trata, más bien, de abrirnos paso y conocer nuestros derechos, y no permitirle a nadie que nos los pise. Dignidad es lo que este mundo está perdiendo a raudales cada día. No solo las mujeres que son maltratadas por sus parejas deben decir “basta ya”; de nada está sirviendo, porque el resto de la sociedad está yendo en sentido contrario.