Diálogo político

En el mundo ideal de la democracia representativa, los ciudadanos realizan sus labores cotidianas, cumplen con sus obligaciones, gozan de sus derechos y se mantienen atentos a la información pública sobre los personajes y asuntos comunes. A través de los medios de comunicación, se informan sobre el quehacer de los políticos, de la “cosa pública” y de paso vigilan que sus representantes y autoridades cumplan con sus obligaciones y promesas de campaña, pues de lo contrario, ejercen su fuerza y derecho para exigirles que recompongan su camino o, incluso, dejen el puesto para quien esté capacitado y/o tenga voluntad para ejercerlo mejor.

Todo lo anterior exige cierta pericia y conocimiento de los asuntos públicos y del lenguaje político que (también en teoría), los ciudadanos deben de conocer desde sus cursos de civismo en la secundaria y preparatoria.

Lo que es más, en un país como México, donde la propia Constitución (así con inicial mayúscula), señala con claridad  que la democracia no es sólo una manera de organización política, sino  una forma de vida, los ciudadanos deben tener clara la dinámica de los procesos democráticos, supuestamente por el propio ejercicio que de ellos hacen en forma cotidiana.

Así pues, manejar la jerga política tendría que ser una consecuencia natural y todos los ciudadanos, interesados lógicamente en lo que ocurre en los poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial, deberían conocer los términos repetidamente leídos  en los medios de comunicación.

Claro que el mundo real es otra cosa y he aquí dos ejemplos.

Domingo 25 de mayo de 2014. Son alrededor de las 8:30 horas. En la esquina de Correo Mayor y Mesones, en el Centro Histórico de la Ciudad de México, dos policías conversan animadamente, mientras decenas de ciudadanos pasan frente a ellos en bicicleta. Se supone que deben de cuidar la seguridad de los participantes en el “Ciclotón Familiar” correspondiente al mes de mayo.

Pero su conversación los absorbe.

“…¿Y luego qué crees, pareja?: de pronto, se cabildearon los ánimos ¡y que empieza la bronca!”, explica uno, mientras el otro lo mira con ojos azorados, con la misma mirada atónita de un niño, la primera vez en su vida que ve a un tigre de Bengala.

Por desgracia, el intenso flujo de bicicletas tras la mía, me impidió detenerme para escuhcar el resto de la conversación (hubiera sido interesantísimo), pero me habría encantado dilucidar cómo un cabildeo inesperado termina en zafarrancho.

Sin ánimo de desacreditar al señor agente de la Policía capitalina, quiero suponer que, en realidad, trató de decir “se calentaron los ánimos”,  pero se dejó arrastrar por la costumbre de leer periódicos y la elegancia de la retórica política.

Otro ciudadano anónimo, pero sin duda ejemplar, tuvo la delicadeza de informar a los clientes de un billar de mala muerte ubicado en la Avenida Cuitláhuac, que el negocio no se haría cargo de algún accidente, en el caso del intento infructuoso de estacionar una camioneta en el subterráneo.

“No nos hacemos responsables de las coaliciones que puedan sufrir las camionetas. Altura máxima 1.90 metros”.

Una vez más, no quiero ser yo, con mis conclusiones rápidas, quien desacredite a este campeón del civismo, pero todo indica que su intención era decir “colisiones”.

Porque de ninguna manera entiendo cómo el acuerdo entre dos grupos políticos para participar con un sólo candidato en una elección, se relacione con lo que pudiera pasarle eventualmente a una camioneta, si alguien intenta meterla en un estacionamiento cuyo claro libre mide apenas 1.90 metros.

Por no hablar, desde luego, de la intensidad del choque implícita en el término “colisión”. Es verdad que el diccionario define a la palabra, en su segunda acepción, como “Rozadura o herida hecha a consecuencia de ludir y rozarse una cosa con otra”, lo cual embonaría bien con la idea de señalar un riesgo para quien intente meter una camioneta en un espacio claramente insuficiente.

Pero por lo general, el habla cotidiana empata mejor la idea de “colisión” con la primera acepción: “Choque de dos cuerpos”. Y también, en términos generales, el imaginario colectivo asume que estos dos cuerpos son automóviles y el choque en cuestión muy intenso.

Por cierto, es curioso observar que la tercera acepción del término “colisión”, indica: “Oposición y pugna de ideas, principios o intereses, o de las personas que los representan.”

Mirándolo bien, la palabra “colisión” le hubiera ido mejor que el verbo “cabildear”, al policía que presuntamente se refería al conflicto entre personas que terminó en trifulca.

En fin. He ahí una pequeña muestra de cómo el lenguaje político aparece en el habla popular un poquitín distorsionado.