Dignidad

El momento económico que atravesamos es preocupante. Todos lo sabemos. Llevamos con él en nuestra mente varios años y no nos abandona ni cuando descansamos. El tarareo es continuo y nuestro estoicismo digno de Zenón de Citio. Vale que este sistema llamado democracia esté vacío de significado. Incluso más de uno llegamos a entender la rabia, la impotencia y el cansancio que muchos manifiestan en las calles ante la precaria situación en la que nos encontramos. Todos somos conscientes de ello. Sin embargo, y resumiendo de forma excesiva a Alexis de Tocqueville, la democracia es el sistema menos malo de todos. No dice el mejor, sino el menos malo. Y hay que tratar de prolongar su existencia, en palabras mías.

La triste protagonista de la semana ha sido Isabel Carrasco, presidenta de la Diputación de León y del Partido Popular provincial leonés, que falleció este lunes. Le quitaron la vida. Habrá quien cogenie más o menos con su actuación política, pero es lo de menos. Es una vida. Como la tuya o la mía. En un marco histórico, como en el que nos hallamos en España, no podemos tolerar este tipo de actuaciones. Simplemente porque el mero hecho de ser una persona se es alguien estimado, valioso por lo que es y no por lo que pueda ser en el futuro. La dignidad es un valor interno e insustituible. Y me refiero a personas de todos los colores: preferentistas, autónomos, banqueros, políticos, desahuciados, inmigrantes… Hay que oponerse de forma inflexible a Maquiavelo y afirmar que los seres humanos no pueden ser un medio para conseguir un fin. Que éso ya no se lleva. Que eso es más propio de la Edad Media que de nuestros días. Hay que rechazar de forma enérgica estos sucesos. Unos hechos que, cuando no existían los medios de comunicación de masas, sólo servían para llevarte a alguien por delante y publicitar un fin.

Imagínense un político de su pueblo. El que más animadversión le despierte. ¿Desearían que sus días acabasen con el mismo final que ha tenido Isabel Carrasco?. Seguro que no. Estoy convencido de que no llega a entrarle en su imaginario ese desenlace. Porque, pese a haberle puesto usted el sambenito, ese político es uno más. Otra persona que ayuda al enriquecimiento de su pueblo, a la vitalidad del gobierno de su localidad y a una mayor pluralidad, que es algo que demandamos los propios votantes. Entre ciudadanos y políticos (éstos también son ciudadanos) puede haber diferencias. De hecho las hay, y debe haberlas por la buena salud de la democracia. Pero no se puede traspasar el límite. Porque a los derechos hay que establecerles un límite, si no primaría la ley del más fuerte. Y éso sería derrumbar toda la evolución del ser humano y tirar por la borda los esfuerzos que se han realizado a lo largo de la historia por tener, tan sólo, una lista de derechos y deberes.

Volviendo a lo anterior, quizá seamos más afines a unos o a otros. O quizá no nos gusten ni unos ni otros. Pero esos unos y esos otros son organismos o asociaciones compuestas por personas con dignidad. Porque la dignidad es un valor intrínseco que poseen desde que comenzaron su andadura en este mundo. O mejor dicho, en esta zona del planeta. Y como, erróneamente, se le atribuye a Voltaire: podemos no estar de acuerdo con lo que dicen, pero tenemos que defender el derecho que tienen a expresarlo.

 

Publicado en: Viva Sierra Sur, nº6 (16/05/2014)