Editorial: Del síndrome del discurso

El síndrome del discurso en el cubano es algo consustancial a su existencia misma desde 1959 hasta la fecha y lo seguirá siendo por muchos años más. Todo sea dicho, ningún presidente cubano anterior al fatídico año tuvo una bella oratoria, e incluso tampoco poseyeron voces seductoras. Por mucho que Castro I estudiara a Horacio, Cicerón y a Séneca, tal como se dice, aunque lo dudo, mucho menos estudió a Cátulo, Ovidio y Tibulo, para mí mayores y más sutiles, tampoco su oratoria ha sido nada del otro jueves: manida, populista que no populachera, y por momentos hasta rebuscadísima y ridícula, como cuando dijo aquello de “concomitantemente” y lo repitió en letanía heroica como un hallazgo verbal nunca antes expresado, haciendo buche con la palabra en la boca como si se enjuagara con el más perfumado Listerine. Aunque recuerden los aplausos que retumbaron en la Plaza.

No ha habido nunca nada más socialmente gafe y prosaico en la historia de Cuba que un discurso de Castro I. Además, para colmo, tuvo que reeducar su voz, porque tal como se ha comprobado por antiguas grabaciones, Castro I poseía una voz de pitico encerrada en ese cuerpo grandullón y obeso que cuando hablaba y gesticulaba tal parecía que se había tragado un globo y que intentaba expulsarlo tirándose un pedo. Y es que así sonaba la voz de Castro I, como un pedo arrinconado en un pliegue.

Pero a los cubanos les gustó esa voz, les gustó no, les privó, qué le vamos a hacer; a ser, es lo que somos… Los cubanos adoptaron esa voz como La Voz. Y La Voz se instaló rápidamente en sus tímpanos, y empezaron todos a imitar La Voz ad infinitud. Un personaje de una de mis novelas padece el síndrome del discurso castrista, y al final termina loco, arrebatado, demente y de chocolete, rogando desesperado a las puertas de Mazorra que lo saquen de “aquí”. Claro, él se encontraba fuera, y no dentro de Mazorra.

Acabo de recibir por correo email uno de esos discursos de los cubanos. Salen huyendo de Cuba e incluso afuera a lo primero que se dedican es a hacer discursos, para colmo en inglés. Si ya su español es macarrónico, imagínense en inglés. De apaga y huye a rearmar el pupitre que tú pasaste por la escuela pero la escuela no pasó por ti. La cantidad de lugares comunes, lo que constituye ya un estigma, hiere las pupilas. Si fuera un artículo hubiese pasado, pero se trata de un discurso, y ya entonces la cosa es distinta. Aunque con tantos discursos baratuchos que se pronuncian por segundos en el mundo y que justifican la mediocridad y el salario de los políticos ya cualquier mierda dicha con un poco de entonación brillaría como un diamante. Ahí tienen a Obama.

Lo curioso es el idioma adoptado. Ahora el discurso, o sea el síndrome, debe de ser en inglés, sobre todo para un cubano que seguramente no ha leído a Shakespeare en su idioma, pero que ya se atreve a redactar discursos en inglés, o se lo escriben otros, y él sólo hace la mímica. “Mi idioma es mi país”, lo único que le queda a un escritor exiliado, dije en alguna ocasión, alterando la cita célebre de Baudelaire. No asumir su lengua, su idioma, en un acto oratorio, es prueba de provincialismo y de rechazo a lo que supuestamente se defiende en el discurso: la identidad que sólo puede ser la libertad.

José Martí escribía en castellano, pero también en inglés, es normal, vivió en Estados Unidos, como también escribía en francés, pues lo leía de manera fluida. No sé si dio alguna vez un discurso en inglés, lo dudo. Y si lo hizo, podía, pues no sólo escribía en inglés, sino que vivió más tiempo fuera de Cuba que dentro, lo que no le impidió llegar a ser el mejor de los cubanos, de mucha escritura y poca arenga, por cierto. De mucho escribir y poco hablar. Porque el mejor de los cubanos es el cubano mudo, claro está.

Los norteamericanos tienen una cosa muy curiosa, son muy de ellos con su lengua. La defienden a capa y espada. De hecho no aceptan otra lengua que el inglés en las entrevistas televisivas y tampoco aceptan traductores, cuando de extranjeros invitados en sus programas se trata. Lo nunca visto. Sin embargo, cuando viajan, por fin, y se les entrevista a ellos fuera de América del Norte, a todos hay que ponerles traductores e intérpretes, porque hablan mal casi todas las lenguas, sobre todo el francés, con un acento chirriante y cojuelo.

Es curioso, del español del cubano los norteamericanos han hecho asquitos desde hace más de medio siglo, y los cubanos pacientes han sabido aprender inglés y hasta cometer la paparruchada o papanada de intentar oratorias en ese idioma, otros se han resistido, lo que tampoco apruebo, porque allí donde vayas debes integrarte y hablar la lengua que se habla, no sea más que para poder funcionar. Decía que los norteamericanos nos han hecho asquitos, o se la hacen a la pronunciación cubana tan hermosa de Desi Arnaz, sin embargo se han dejado penetrar con un castellano de telenovela horrendo que contiene todos los acentos en una especie de mejunje insoportable, donde prima el acento amejicanado, que no el mexicano, entiéndase. O sea, donde prima el deje desdeñoso y pujón de Cantinflas (el personaje, no el actor), si se quiere. Por lo tanto, el español que se habla ya en casi todo Estados Unidos no es el español multicultural de cada región, no, es el español impuesto por la Caja Idiota, la televisión.

De modo que al cubano que acaba de llegar, lo que le queda por hacer, si quiere fingir que triunfa es, de inmediato aprender a hablar en ese castellano inflado con un bótox artificial o agarrarse del discurso, del síndrome del discurso castrista, que tan bien sembrado lleva en sus entrañas. Pero ahora, en inglés, y ni siquiera“pour épater le bourgeois, comme on dit”. No, tan sólo para deleitarse escuchándose a sí mismo, o para deleite de políticos a los que el discurso de un cubano supuestamente libre sea en la lengua que sea les importa un bledo.

Hace algunos años me entrevistaron en una tele catalana. Yo hice la entrevista en catalán, o sea, permití que el periodista hablara en catalán, lo que entiendo perfectamente, y yo hablaba en castellano. En un intermedio la productora del programa se acercó para subrayar que: “En esta tele hablamos lenguas”. O sea insinuándome que hablar catalán era un acto de gran educación y de adelanto idiomático frente al castellano. Al rato seguí la entrevista en francés. Para que viera que yo también hablaba “lenguas”, pero que precisamente por educación había respetado el idioma del entrevistador, sin interrumpirlo, lo que bien pude haber hecho.

De modo que a mí no me impresiona nadie que hable ocho o nueve idiomas, cosa que sin duda es loable. Conozco a Inge Feltrinelli, célebre editora, su idioma es una mezcla de italiano, español, francés e inglés. Hay que ser equilibrista para poder entenderla y saltar de una palabra a otra, de un idioma a otro, sin aburrirse o quedarse en ascuas. Prefiero oír a un cubano hablar en cubano cuando se trata del tema cubano, tal vez porque soy cubana. No me molesta oírlo en otro idioma, desde luego. Pero lo que sí me revienta es que un cubano apenas liberado, ya desee imponerle a uno el síndrome del discurso castrista, ¡para colmo en inglés! ¡Qué pereza! Dirían los colombianos.

Pero ya saben ustedes que el discurso en la lengua del “enemigo” (por eso me llevaron detenida en Cuba, en La Habana Vieja), “por hablar idioma enemigo”, se cotiza y se capitaliza ahora mucho más alto que el idioma cubano. Porque el idioma cubano se ha quedado en eso, en síndrome discursivo, en jerigonza desvergonzada. Ahora entonces toca mutar el síndrome o la jerigonza a todas las lenguas posibles. Variarlo e imponerlo. Tarea ardua, también lo sé, pero ¿chi-qué chi-no chi-habrá chi-lo-chi-gra-chi-do chi-el chi-cas-chi-tris-chi-mo?

Zoé Valdés.