Editorial SIC 771: Enrumbar el barco

Portda SIC-771 enero (web)Editorial de la Revista SIC 771. Enero-Febrero 2015.

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Venezuela es como un barco que navega en un mar de incertidumbre. En SIC hemos venido insistiendo, por activa y por pasiva, que el país puede enrumbarse, que estamos a tiempo, que podemos salir del foso en el que nos encontramos. 2015 es un año crucial: o nos enrumbamos o seguimos naufragando hasta hundirnos. Enrumbarnos requiere de una profunda conversión por parte de todos los actores sociales, políticos y económicos, y, muy especialmente, de quienes tienen una mayor responsabilidad ante la crisis: el presidente Maduro y su tren de gobierno. También, requerirá de paciencia histórica, porque emprender esta travesía exige mucha constancia y tiempo.

Encarar la realidad

Es necesario que el Gobierno se apee de la ficción y encare con realismo los problemas del país. Tal como lo apuntábamos en el editorial de marzo de 2014, “no puede seguir superponiendo la oratoria a los hechos, como si de esa manera la realidad cotidiana de los venezolanos dejara de ser lo que realmente es, un conjunto de crisis que se agudizan día a día. Tiene que entender que la superación de este desastre no está en la estéril confrontación de discursos para afirmar identidades herméticas. Ni en el blackout informativo que refina los controles sobre lo que se debe transmitir, irrespetando la inteligencia aun de sus propios seguidores”. Se necesita decisión, golpe de timón, para tomar medidas que nos lleven a transitar del modelo rentista-clientelar e improductivo a un modelo productivo incluyente que, progresivamente y a largo plazo, recupere la calidad de vida del venezolano.

Crisis sistémica

Las variadas crisis que el ciudadano de a pie vive en su día a día, como el desabastecimiento de los productos más elementales para vivir (la harina, la leche, el papel, el jabón, las carnes, etcétera); los horarios personales y laborales trastocados y desordenados por la necesidad de invertir el tiempo productivo en correr de un lugar a otro dependiendo del mensaje hay tal cosa, llegó tal producto, y tener que jugar la lotería en las colas para ver si se consigue algo; el temor a enfermarse porque los hospitales funcionan a media marcha y las medicinas no se consiguen; el miedo a ser asaltado y robado en cualquier esquina (por ejemplo, de junio 2014 a enero 2015, a las comunidades jesuitas el hampa les ha robado cuatro carros, dos en Caracas y uno en Barquisimeto y Maracaibo, respectivamente: sirva esto como indicador); la toma armada por bandas delincuenciales y extorsionadoras en muchos de nuestros barrios; la impunidad galopante ante los escandalosos casos de corrupción que desangran al país; el secuestro de las instituciones públicas por élites de poder que actúan discrecionalmente en resguardo de sus intereses privados, relegando el bien común; el control de los poderes públicos por parte del Ejecutivo con visos claros de totalitarismo expresado en la ley habilitante y, más descaradamente, en los nombramientos en diciembre de autoridades públicas al margen del debido proceso, obedeciendo a juegos tácticos y componendas políticas. Todo esto son hilos que se entretejen mostrando una crisis sistémica que evidencia que el modelo Chávez-Giordani, heredado y mantenido por el presidente Maduro, no es viable, fracasó.

 

Más reales no es la solución

El presidente Maduro hizo una gira internacional por países aliados procurando más recursos para amortiguar la crisis. Pretendía conseguir nuevos préstamos con China y Rusia y convencer a países claves de la OPEP de reducir la producción para evitar, según sus cálculos, la acelerada caída de los precios del crudo en el mercado. No se convencen quienes nos gobiernan, por un lado, de que el mercado petrolero tiene una lógica objetiva distinta a sus deseos y, por otra parte, que la crisis no se resuelve a realazo limpio, sino que exige un transparente y eficiente manejo de los recursos públicos disponibles, y el impostergable pacto con la empresa privada para reactivar el aparato productivo. Esto último, demandado por más del 90 % de la población según Datanálisis, una de las encuestadoras más prestigiosa de nuestro país. El modelo rentista clientelar que ha prevalecido en Venezuela desde los inicios del boom petrolero y que se profundizó con el socialismo del siglo XXI, es un saco roto. La entrada de divisas por la renta petrolera en los últimos quince años fue la más abundante en la historia del país y, sin embargo, hoy nos encontramos en la bancarrota, con una economía nada soberana, dependiente de las importaciones. El camino de más reales es un atajo, un camino ciego, cuyo objeto no es el país, sino financiar reacomodos para llegar a las elecciones parlamentarias y permanecer en el poder. Pero, si no hay sentido de realidad y cambio de rumbo, ya no habrá táctica que valga para mantener el poder, la ficción se desmorona, la compulsión por el poder es autodestructiva.

 

Socialismo productivo

Ha comenzado a hablar el señor Presidente de pasar del socialismo rentista al socialismo productivo. Lo hemos dicho reiteradamente, la productividad no se reactiva con mandatos y discursos grandilocuentes. Ojalá se tomaran medidas en esta dirección. El primer paso que tendría que dar es la desconcentración del aparato productivo que está hoy estrangulado en las manos del Estado. Según Luis Vicente León, de Datanálisis, 93 % de la población (incluyendo la mayoría de los chavistas) cree que las empresas que han sido expropiadas producen menos que antes. Si algo queda como saldo de estos quince años de revolución, es que la estatización del aparato productivo ha quebrado al país y, más que un sentido de corresponsabilidad, ha propiciado dinámicas económicas irregulares y corruptas a todos los niveles de la sociedad. Afirmamos que el rol del Estado es fundamental, pero no puede ser el todo poderoso; debe sí, garantizar la estabilidad jurídica para la inversión y una política impositiva directa cuyos ingresos se reviertan en inversión social, propiciando así una mayor justicia social.

Para un socialismo productivo sería necesario: la autonomía del Banco Central de Venezuela, la rectificación de la política petrolera –haciendo de PDVSA una empresa productiva a la altura de los tiempos–, la sinceración del control de cambio, una agenda con el sector empresarial del país para activar el aparato productivo; todo esto, acompañado de una política fiscal transparente que, junto al aumento de la gasolina, podría proveer recursos para la inversión social favorable al conjunto de la sociedad, y muy especialmente a los más empobrecidos; no como dádivas, sino en servicios de calidad (educación, salud, empleo, seguridad, etcétera) que los constituyan en sujetos densos y productivos en todos los aspectos.

 

Rehabilitar la política

Los operadores políticos se mantienen entrampados en sus circuitos tácticos en torno al poder y han abandonado el ejercicio racional de la política, necesario para encarar los desafíos que el país nos exige. Si el Gobierno no termina de salir de su ensoñación ideológica desde la que ha sometido los destinos del país, la Mesa de la Unidad Democrática tampoco se pone de acuerdo para presentar una propuesta programática creíble de salida ante la crisis. Y, por su parte, los medios de comunicación se mantienen entrampados en la propaganda y la contrapropaganda. Para superar la crisis se necesita un ejercicio político de altura, vehiculado por la palabra razonada, que ponga en el centro al país, que lleve a acuerdos programáticos para enrumbar el barco hacia una democracia productiva y socialmente inclusiva.