El desapego electoral

Puede que apenas lo hayamos notado pero desde la madrugada del viernes, estamos en campaña electoral. Fíjense que ya casi ni me acordaba, porque ciertamente no son unas elecciones molonas.

Nadie ha puesto flores nuevas a los jardines ni se nota el tradicional adecentamiento de los parques, no se ha inaugurado nada importante y los pocos mítines de los que hay constancia no incluyen a ningún peso pesado de las europeas. Vamos, que estamos en plan sosaina, ¡hasta en el twitter!

No sé, una espera algo más de alegría, porque de algún modo u otro siempre he participado en la vorágine: como reportera, como asesora de campaña, como ciudadana de a pie que asiste a una cena-mitin-espectáculo. 

Pero es que ni me han parado en la calle Campos para comprar mi voto con una chapita, o una pegatina o un boli. Quitando un par de carteles que he visto por ahí y alguna que otra “rayada”de gente de todos los colores políticos en el facebook, pues nada de nada.

Quizá es que no nos acabamos de creer Europa en este rincón, y eso a pesar de que muchos de los proyectos de desarrollo que vemos han sido posible gracias a los Fondos Europeos, así que sí: nuestro voto puede marcar una diferencia, aunque no sea totalmente nuestro por culpa de las listas cerradas.

Aún con todo, la apatía generalizada de esta campaña puede llevarnos a creer que quizá nuestro voto sirva para bien poco, dado que a veces parece que los señores y señoras eurodiputados y eurodiputadas viven muy lejos del común de los mortales.

Por ejemplo, cada vez que en Europa nos reclaman más sacrificios  muchos opinan que deberían vivir con el salario que nos quieren fijar a nosotros. Craso error. Según un amigo mío, para fastidiarlos habría que hacerlos autónomos, con el mismo sueldo pero sin dietas y cobrando sólo por sesión asistida, para ver si metían los gastos de transporte, alojamiento y comidas en la trimestral y a ver  qué les decían desde Hacienda.

Publicado el sábado 10 de mayo de 2014 en la edición de papel de Las Provincias-La Marina