El sentido equidistante

Es una verdad universalmente reconocida que la manera en que usamos el lenguaje moldea la realidad.

Nuestra actual clase política es muy consciente, y lo lleva a la práctica a diario religiosamente. La nueva tendencia es el adjetivo calificativo, que a modo de insulto y repetido una serie considerable de veces acaba calando en su objetivo, que no es el aludido, sino el potencial votante. De esta manera vuelven a estar de moda palabras como fascista, rojo, progre, franquista, falangista, machista, y tantas otras que polarizan el debate y alimentan el radicalismo que pretenden eliminar. Curiosamente, algunas vienen del Parlamento y se instalan en la calle. También al contrario, pero siempre espoleadas por dirigentes de distintas formaciones en una búsqueda incansable del voto masivo a expensas del enemigo común. Ese al que hay que echar, si es necesario, a la fuerza. Todo esto ha empezado, como todo lo que es bueno y justo, en una parte inconformista de Cataluña, por decirlo de alguna manera. Algún que otro rufián se pasó de listo.
Tras las elecciones andaluzas, la debacle del PSOE y la irrupción de VOX en el panorama político, nos toca recoger los frutos de ese odio.

El insulto es a menudo un prejuicio, una deformación grotesca y simplista de la realidad. La simpleza y el prejuicio son, de toda la vida, el abono perfecto para la intolerancia.

También la idiotez está de moda en el uso del lenguaje y del discurso “intelectual”. Contamina todo lo que encuentra a su paso, y ésta tuvo su origen en una nueva izquierda que, en un intento de abanderar el sentido progresista y social de la gente, terminó en una censura indirecta de corrección política, perdiendo todo el sentido común, al que se cuidaron de denominar equidistancia, atribuyéndole un sentido peyorativo e indeseable. ¿Desde cuándo la equidistancia y el sentido común han sido defectos que hacen irremediablemente fascista al que los practica? Pues desde hace unos años, queridos. Además no tiene cura, y espero que siga siendo así, por la cuenta que nos trae.

La equidistancia no es más que una perspectiva, una manera de mirar el mundo, pero de forma que la distancia que se toma entre los dos extremos sea la misma, situándonos en el medio para valorar la situación. Nadie es completamente equidistante, de la misma manera que ninguna verdad es completamente objetiva. Todos tenemos una mochila de educación y experiencias que nos condicionan la mirada, pero es bueno intentar ser equidistantes en algún momento. Es natural simpatizar en ciertos aspectos con una formación de extrema derecha/izquierda según nuestras tendencias ideológicas, y no hay que sentirse mal por ello, pero sí puede ser sano mantener esa posición más cercana del centro que del extremo. Los extremos nublan la mente, porque aparentan otorgarnos una claridad completa, cuando, por el contrario, la mejor claridad nunca es completa y está llena de dudas.

Pero el sentido de la equidistancia sólo es un punto de partida, una brújula que consultar con frecuencia para localizar nuestra posición, para no perdernos y no perder de vista el norte.

No puedo evitar recordar, cada vez que escucho este nuevo insulto, esa escena tan mítica de Robin Williams, de pie en una mesa intentando enseñar a chavales cercanos a mi edad a mirar el mundo “de una manera diferente”, sin dejarse guiar por el discurso de la clarividencia, sino por nuestra intuición.
Todo esto nos permitirá evitar más de un susto, porque de no hacerlo, la deriva puede terminar francamente mal. No hace falta que diga que el ambiente en España cada mes está más caliente, y los doce diputados de VOX en Andalucía, territorio tradicionalmente socialista, serán más en otras autonomías, y finalmente aumentarán a nivel nacional. Esto radicalizará aún más a la izquierda en su cruzada para acallar a la que llaman derecha franquista, y entre todos harán de la política un recital de boicots insoportable. Ya lo estamos viviendo en Cataluña con el nacionalismo, esa enfermedad que envenena Europa.

No hace ni dos días, el ex político socialista Eduardo Madina compartió en su red social algo que no había leído, el prólogo de A sangre y fuego, un análisis de primera mano de la Guerra Civil española escrito por el periodista Chaves Nogales. Él fue, según sus palabras, “un pequeño-burgués liberal”. No tiene desperdicio, porque habla precisamente de los años que precedieron al conflicto: “La estupidez y la crueldad se enseñoreaba de toda España, ¿Por dónde empezó el contagio? (…) “Las etiquetas de fascismo, comunismo, y nacionalsocialismo los absorbieron ávidamente. (…) La causa de la libertad, del hombre libre e independiente en España no había quien la defendiera“.

Ni que decir tiene que el autor se desmarca de cualquier bando, huyendo a Francia después de que le tocara trabajar para los republicanos sin mucho entusiasmo. Un equidistante redomado.

Aprovechando el 40 aniversario de la Constitución, y para tocar todos los temas, es bueno recordar que ese texto tan demonizado, cuya consecuencia tiene también su nueva definición -el terrible Régimen del 78– no fue más ni menos que el acuerdo de paz entre dos bandos que cruzaron esa línea a partir de la cual se estropea la brújula. El gran mérito de ese acuerdo es que no satisface completamente a nadie, y tiene la virtud de ser, como dijo un ex presidente del Gobierno hará unos días, no sólo resistente, sino también resiliente.
Pedro J Ramirez señaló, en este día de aniversario, la diferencia entre lo que recordarían echando la vista cuarenta años atrás aquellos que en el 78 redactaron ese pacto aún en vigor, y lo que vemos nosotros ahora cuando echamos la vista hacia estos últimos cuarenta años de democracia. Esa diferencia es su legado, y aún así, actualmente está más cuestionado que entonces. Precisamente ahora, que lo poco que conocemos de una guerra nos lo enseñó Spielberg.

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