El sueño de Mafalda

La aguda niña argentina creada por el gran Quino, soñaba con llegar a ser un día traductora en la UN (es decir, las Naciones Unidas), con la idea de traducir equivocadamente, de manera deliberada, para generar paz, cuando los diplomáticos de distintas naciones se trenzaban en agrias discusiones.

Pese a su inteligencia y suspicacia recalcitrantes, Mafalda no dejaba de ser una niña y, en consecuencia, de imaginar cosas de manera infantil.

Creía que, inventando mentiras piadosas a la hora de traducir, crearía ambientes de entendimiento y cordialidad entre naciones enfrentadas.  Pero bien pronto descubrió que esto no era posible.

La realidad, en cambio, demuestra que las traducciones en los asuntos internacionales, pueden ser no la causa de concordia, sino del aumento de las confrontaciones. Sobre todo cuando hay errores.

Hoy, por ejemplo, el presidente de Turquía vino a México en Visita de Estado. Tal como marca el protocolo, a la hora de los discursos (hubo un mensaje a medios de comunicación y una breve intervención de cada uno previo a la comida que ofreció el anfitrión) cada presidente habló en su idioma y un traductor convirtió simultáneamente las declaraciones en la otra lengua.

Quien tradujo las palabras del presidente de México al turco –dicen los reporteros de ese país– lo hizo bastante bien: ágil, preciso y por lo que parece, ajustado a las ideas del presidente mexicano.

Pero quien tradujo las palabras del presidente de Turquía al español –me consta– lo hizo pésimamente. Desde luego no entiendo media palabra de turco. Habría que analizar el origen lingüístico del idioma, pero tiene sonoridades parecidas al ruso y, a veces, al francés. Algunas cosas suenan como árabe y la posición geográfica e historia del país, podrían dar luz sobre tan extraña fonética.

No obstante, no hace falta hablar el idioma para darse cuenta cuando un traductor hace mal su trabajo. Mientras el presidente expresaba una larga cadena de ideas en un párrafo largo, en varias frases, nuestro hombre se atoraba en palabras que no le venían a la mente y dejaba a medio expresar las ideas, rebasado por la velocidad del discurso.

Luego expresaba ideas repetitivas o enredadas, con poco léxico y voces repetidas. Era claro que la velocidad del habla lo sobrepasaba.

En algún momento se enredó con una expresión y utilizó el verbo “decir”, en un galimatías parecido a ésto: “le dije, dijo, me dijo y dijo”. No sé qué tan bien o mal se exprese el presidente de Turquía, pero me queda claro que no pudo haberlo hecho así.

El problema es que el traductor no tenía el dominio suficiente de ambas lenguas, como para encontrar rápidamente las equivalencias necesarias para dar congruencia al discurso.

Hay que decir en su descargo, que la traducción simultánea implica retos importantes: en principio, conocer el ritmo y la forma de expresión personal de aquel a quien hay que traducir; luego, deducir atinadamente qué cosa quiere expresar el personaje; después, recomponer redundancias o expresiones gramaticalmente cuestionables; y por último reconvertirlas en algo cercano y accesible al idioma de los oyentes y a su idiosincrasia.

Por si eso fuera poco, hace falta realizar todo eso en tiempos inimaginablemente cortos.

No es fácil. De hecho, por el contrario, se trata de una especialidad muy complicada, que a veces se queda corta frente a la realidad y suele generar problemas.

Contrario a la fantasía de Mafalda, lejos de ayudar, complican. Y una de esas dificultades podría provenir de la parte del mensaje del presidente turco, donde se refirió al asesinato de tres jóvenes musulmanes (se entiende que turcos, aunque el traductor no lo precisó), ocurrido en Carolina (el traductor tampoco especificó si del Norte o del Sur), y acerca de cuyos hechos el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, aparentemente no había hecho declaraciones.

Se trata de un tema de política entre Estados Unidos y Turquía, ajeno a México, pero al final generado durante la estancia del presidente de Turquía en México y de cómo haya traducido nuestro amigo, puede depender la respuesta de Estados Unidos y un cierto grado de conflicto.

De hecho, la obligación protocolaria de que cada presidente hable en su idioma, aunque lleguen a entender y hablar perfectamente el idioma del otro, se debe precisamente a que un error de interpretación de un Jefe de Estado, puede generar un problema de Estado, mientras que el error del traductor es una simple falla idiomática que se resuelve diplomáticamente. Además, el traductor es prescindible, el Jefe de Estado, no.

Como fuere, resulta lamentable encontrar de pronto a un traductor que carece de la capacitación necesaria para estas difíciles especificaciones. Y no es que dude de que el hombre hable los dos idiomas o sea capaz de traducir con gran precisión, por ejemplo, un texto. Pero la traducción simultánea tiene otras características que, evidentemente, este amigo no dominaba.