Esperando la llamada del comunista

Sobre Aceleracionismo. Estrategias para una transición hacia el postcapitalismo (Caja Negra, 297 páginas, 2017) 

A modo de reseña para Garamond12.wordpress.com

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El punto heroico de los postulados aceleracionistas es que intenta vérselas con la gran pregunta: ¿se puede pensar una salida del esquema capitalista tal como está planteado en este momento mediante estrategias que se alejen de la ineficacia probada de las folk politics? Para ello, el movimiento, en apariencia paradójico, que proponen es una vuelta hacia atrás, una recuperación de las potencias de la modernidad, que se puede observar en la elección de uno de los géneros por excelencia de los viejos modernos: el manifiesto. El libro, que es una recopilación de artículos que muestra un panorama del estado del debate, ofrece dos manifiestos: el primero es “Manifiesto por una política aceleracionista”, alrededor del cual se organiza la discusión. En él, Alex Williams y Nick Srnicek plantean algo que pocos en la política argentina quieren ver: el hecho de que las formas tradicionales de oposición de la izquierda (protestas, marchas, etc.) no serían sino una automatización de la energía disidente, una política de consolación, un síntoma de la derrota y el agotamiento de la imaginación, la sonrisa del semiocapitalismo. Tomando como punto de partida para organizar su discurso al Marx de “Fragmento sobre las máquinas”, Capitalismo y esquizofrenia de Deleuze y Guattari y a Nick Land, la hipótesis central es la siguiente: a los locos hay que correrlos para el lado que disparen. O, en términos menos criollos, no se trata de detener el proceso sino intensificarlo: una cita de El Antiedipo vuelve una y otra vez en los diferentes artículos de esta recopilación: “Pero, ¿qué vía revolucionaria? ¿Hay alguna? ¿Retirarse del mercado (…) o ir en sentido contrario? (…) tal vez los flujos no están aún lo bastante desterritorializados (…) No retirarse del proceso, sino ir más lejos”. El punto central es, entonces, ir a robarle la bandera de la aceleración al neoliberalismo imperante, porque, como se explicita a lo largo de los artículos, la victoria cultural más abrumadora del capitalismo es haberse quedado con el título de único vehículo de modernidad.

El “Manifiesto…” tiene varias virtudes. Una es el deseo de pensar el futuro por fuera de estos automatismos políticos impotentes que mencionamos antes (¿a alguien le importa, por caso, que haya una manifestación de trescientas mil personas? La respuesta ya sabemos cuál es). La dimensión temporal o la experiencia del tiempo parece estar en debate en este momento: por un lado, tenemos a los que postulan que hay una “lentificación”. En Retromanía, Reynolds, por ejemplo, señala cómo el progreso se percibe más lento y cómo el futuro cercano parecería volverse “más de lo mismo”, ya que los “grandes hitos-cliché del mundo del mañana –vacaciones en la luna, robots mayordomos, trenes transatlánticos que atraviesan túneles vacíos a 900 millas de velocidad por hora– nunca se hicieron realidad”. Y menciona su perplejidad al conocer la opinión de William Gibson al respecto, quién cree que el concepto mismo de futuro es anticuado y que la opción correcta es “investigar nuestro extraño presente”. Por otro lado, si bien no habla exactamente de los mismo, el falso coreano Byung-Chul Han plantea en La sociedad de la transparencia que el problema de la época no es la aceleración sino la dispersión: “Una discronía temporal hace que el tiempo transcurra sibilante sin dirección y se descomponga en una mera sucesión de presentes temporales, atomizados. Con ello el tiempo se hace aditivo y queda vacío de toda narratividad”. Estamos hablando de series temporales diferentes, pero aunque en un caso se trate de lo personal-subjetivo, en otro de la manera en que lo social se fragmenta en presentes sin articulación y en otro se haga alusión a los procesos semiótico-económico-políticos son todos haces que conforman la experiencia de la temporalidad, el Gran Tiempo. El “Manifiesto…” se involucra en ese pelea por el sentido del tiempo con una vocación histórica, en el sentido de una voluntad política capaz de cambiar el curso de las cosas, y con un optimismo que puede parecer ingenuo (probablemente lo sea) pero necesario para revitalizar la imaginación disidente.

Lo paradójico de la organización de los artículos es la manera en la que se desacelera ese impulso inicial: el entusiasmo moderno del manifiesto va encontrando críticas, impugnaciones y complejizaciones que terminan desdibujando el optimismo del comienzo. Para Franco Berardi, por ejemplo, el planteo es equivocado porque la aceleración es justamente el problema (Berardi piensa en la incapacidad de la subjetividad humana de procesar la cantidad y la velocidad de información de la época actual), por lo que intensificarla no creará las condiciones para una salida real. La desaceleración del impulso optimista no es exactamente uniforme, pero sí es posible notar cómo desde un comienzo a toda máquina, pasando por los subibajas de las críticas, hasta el final (con un artículo que complejiza las cosas a tal punto que la urgencia del “Manifiesto…” se detiene por completo) casi que el movimiento replica al del discurso modernista del siglo XX (optimismo total de las vanguardias-crítica y caída-recuperación-borroneo final).

Condensador

 

Hits

1. Ruso loco

“Maximum Jailbreak”, un artículo de Benedict Singleton de 2013, recupera la figura de Nikolai Federov, un escritor ruso del siglo XIX que llevó la idea de futuro a otro nivel: “con la erección de conos gigantes en la superficie de la Tierra, la gente podría controlar el campo electromagnético terrestre de tal modo de convertir el planeta entero en una nave espacial bajo el control humano”. El marco imaginativo de Federov dio lugar a una corriente llamada “cosmismo” sobre la que vale la pena profundizar

2. El regreso de la autoridad

Si bien es un campo teórico (la expresión puede ser exagerada) en el que, como se ve hay muchas cucharas metidas, al menos el “Manifiesto…” no le tiene miedo a explicitar la necesidad de una autoridad que ordene y dirija. Nada más alejado del estado asambleario que propone muchas veces cierta izquierda. Si tomamos el 2001 argentino como la revolución que no fue, estas palabras a nuestros ojos no pueden ser más acertadas: “La fe en la idea de que, después de una revolución, la gente constituirá espontáneamente un nuevo sistema socioeconómico que no sea un simple retorno al capitalismo es, en el mejor de los caso, ingenua, y en el peor, ignorante”. Por el contrario, y a contramano de la tendencia general (“políticamente incorrecto”), el manifiesto señala “la fetichización de la apertura, la horizontalidad y la inclusión”.

3. Polemismo

Varios artículos tienen un grato tono belicoso que no dudan en recurrir a la burla o al sarcasmo. Negri (“el querido negro Toni”), por ejemplo, en su artículo pone énfasis en el error de creer que el sujeto al cual hay que dirigirse es la clase obrera: “Con el debido respeto a todos los que de manera ridícula aún se alborotan sosteniendo que las posibilidades revolucionarias deben estar vinculadas al renacimiento de una clase obrera del siglo XX (…) la clase del trabajo cognitivo. Esta es la clase que debe ser liberada”. Byung-Chul Han diría que Negri al pensar en términos de “clase” maneja categorías anacrónicas. Silenciemos al falso coreano (“BLOCK, UF, REPORT”).

O Nick Land (en el universo del aceleracionismo, considerado como una narración, un villano brillante, si me permite la aliteración), quien defiende las posibilidades del capitalismo incluso más allá del humano (“el hombre es algo que el capital debe superar: un problema, un estorbo”) y no tiene problemas en liquidar al marxismo con dos sopapos: “El sueño marxista de dinamismo sin competencia era simplemente un sueño, un viejo sueño monoteísta reformulado (…) Si tal sueño cuenta como imaginación, entonces la imaginación no es más que un defecto de la especie”.

4. Nick Land

Hay que leer a Nick Land. (Esto es una nota mental para mí mismo).

¿Y entonces?

En general, uno de los problemas que tienen estos planteos es la sensación de un exceso de diagnóstico (hay de todo tipo acá) y un gran vacío de orientaciones concretas que no avanzan mucho más allá de expresiones con un alto nivel de ambigüedad. Desde luego, no es posible exigirles a los textos que nos digan qué hacer, pero creo que formulaciones del orden de “Queremos acelerar el proceso de evolución tecnológica” o “Debe buscarse la manera de integrar una serie dispar de identidades proletarias parciales” deben tener algún tipo de aclaración o alguna respuesta al menos tentativa. Porque el lector (uno), ansioso por acabar ya con el mundo conocido, se pregunta “¿por dónde empezamos?”. La mera formulación de afirmaciones como las mencionadas es más o menos como decir “animémonos y vayan”.

De los varios momentos inquietantes que nos dejan estos textos mencionaré sólo uno: en “El postcapitalismo será postindustrial”, Srnicek menciona las dos alternativas a las que se enfrenta la humanidad: “la sociedad tendrá que afrontar tarde o temprano el problema de las poblaciones excendentes y la desindustrialización. Y los parámetros básicos para ese debate son o la administración y el control de las poblaciones excedentarias (vía el encarcelamiento masivo o la segregación espacial) o la labor para el establecimiento de una sociedad postlaboral sustentable”. Lo que resulta llamativo es que no considere el escenario de salida más efectivo: una gran guerra, que en las condiciones actuales de tensión internacional no parece tan lejana (de hecho, algunos plantean que eso ya está teniendo lugar).

De todas maneras, más allá de posiciones cínicas que puedan ver en los planteos aceleracionistas y los debates que produjo simplemente síntomas de la fortaleza del orden actual,  es un libro de lectura obligatoria para conocer un campo de trabajo que está teniendo lugar ahora mismo, para volver a leer a Deleuze y Guattari, para empezar a pensar que tal vez un regreso del futuro es posible y para recobrar algo de modernidad.

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