FILIPINAS: A UN AÑO DE DUTERTE

 

Al año, Rodrigo Duterte sigue gozando de fuerte aceptación popular. Es visto como el líder de una sola pieza, el justiciero capaz de contrarrestar las mafias y el terrorismo y asegurar la seguridad a los ciudadanos. El presidente confió a la policía la tarea de “eliminar el cáncer de la sociedad”, es decir a los traficantes, vendedores y consumidores de drogas. Pero la operación se transformó, a pesar de la oposición de la Iglesia y de las organizaciones de Derechos Humanos, en una “masacre de estado”. Ya ha habido más de 4.000 víctimas, sin contar las víctimas asesinadas por paramilitares o parapoliciales que operan en la ilegalidad y con absoluta impunidad. Los obispos han condenado tales métodos y hay una masiva campaña en la sociedad, apoyada por la ONU, contra las operaciones extrajudiciales. El 90% de los filipinos se declara católico , pero el 75,80% comparte la política de Duterte. El apoyo incondicional al hombre fuerte se debe a la convicción de que así los ciudadanos honestos no tendrán nada que temer y de que hay que regenerar a la sociedad de este mal imposible de curar. Los numerosos llamados críticos de la jerarquía no han hecho mella ni en los católicos. El fraile franciscano Baltazar Obico desde Manila explica que “la religiosidad católica de los filipinos se alimenta muchas veces de la fe en un Dios castigador, más que en un Dios salvador. Duterte se presenta como un líder eficaz que alcanza sus objetivos después de años de gobiernos ineficientes y corruptos. Muchos católicos lo apoyan porqué los libera del mal y de los malvados. Su visión del Dios justiciero que premia a los buenos y castiga a los malos, la ven encarnada en el “presidente sheriff” que hace justicia”.

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