Imperio, de Michael Hardt y Antonio Negri III

Escarbando en la genealogía del concepto de imperio, se encuentra una dilatada tradición, de tonalidades principalmente europeas, que llega por lo menos hasta la Roma clásica. La noción imperial, en su aspecto jurídico-político, se relaciona profundamente con el cristianismo del que emergen las civilizaciones europeas. En este punto, en el momento en el que el judeocristianismo se vincula con el aparato político, se produce la fusión entre la normatividad positiva y los principios morales universales emanados desde la divinidad. El imperio hace suyos estos principios por lo que esta organización se convierte en sinónimo de paz y justicia para todos los individuos amparados bajo este modelo social.

[…] el imperio pone en movimiento una dinámica ético-política que reside en el corazón mismo de su concepto jurídico. Este concepto jurídico incluye dos tendencias fundamentales: la primera es la noción de un derecho que se afirma en la construcción de un nuevo orden que abarca todo el espacio considerado por él como la civilización, un espacio universal, ilimitado; la segunda es una noción de derecho que abarca todo el tiempo dentro de su base ética. El imperio agota el tiempo histórico, suspende la historia y convoca el pasado y al futuro dentro de su propio orden ético. Para decirlo de otro modo: el imperio presenta su orden como permanente, eterno y necesario.[1]

Con independencia de la distancia temporal e intelectiva con los inicios imperiales, la nueva organización descentralizada y desterritorializada encuentra en la noción clásica de imperio elementos para nutrir su propia mitología posmoderna. Así, el empleo de la violencia con una intencionalidad coincidente con la moral imperial supone una excepción permisiva con el uso de la agresión para fines entendidos como lícitos. El concepto de «guerra justa», derivado de la Edad Media, es empleada en el mundo global cuando se trata de acabar con la difusa amenaza del terrorismo. En este cajón de sastre entra cualquier consideración comprendida como hostil para los intereses de la economía política mundializada. La defensa del statu quo global transige con la intervención militar en Estados-nación soberanos y todo esto en nombre de la moral superior originaria del imperio posmoderno.

Un síntoma es, por ejemplo, el renovado interés que despierta y la efectividad que tiene el concepto de bellum iustum, es decir, «guerra justa». Este concepto, que estuvo orgánicamente vinculado a los antiguos órdenes imperiales y cuya rica y compleja genealogía se remonta a la tradición bíblica, comenzó a reaparecer recientemente como un argumento central en las discusiones políticas, particularmente como consecuencia de la guerra del Golfo. Tradicionalmente, el concepto estriba principalmente en la idea de que cuando un Estado se halla ante una amenaza de agresión que puede poner en peligro su integridad territorial o su independencia política, tiene un ius ad bellum (derecho a hacer la guerra).[2]

La nueva organización imperial es tanto un sistema como una jerarquía. Se entiende como un complexo de normas que permite la producción de legitimidad, aunque, eso sí, con la novedad de que esta arquitectura político-social ya no está constreñida por los límites espaciales de los Estados-nación, pues el alcance imperial es ilimitado y alcanza a todo el orbe. No existe excepción para la influencia imperial, el espacio se ha vuelto global y la parcelación convenida es más bien tácita debido a que la soberanía imperial no entiende de barreras o fronteras. Esta totalidad sistémica tiene una “posición dominante en el orden global, rompe resueltamente con toda dialéctica previa”[3].

La acción imperial, después del desarrollo de las últimas décadas, ha llegado a un grado de automatización, en virtud de los pactos globales alcanzados, que permite ejercer la autoridad mediante estos acuerdos que marcan la acción.

El desarrollo del sistema global (y del derecho imperial en primer lugar) parece ser el desarrollo de una máquina que impone procedimientos de acuerdos continuos que conducen a equilibrios sistemáticos, una máquina que crea un continuo requerimiento de autoridad. La máquina parece predeterminar el ejercicio de la autoridad y la acción en todo el espacio social. Cada movimiento está establecido y sólo puede buscar su propio lugar, asignado dentro del sistema misma, en la relación jerárquica que se ha acordado. Este movimiento preconstituido define la realidad del proceso de la constitucionalización imperial del orden mundial: el nuevo paradigma.[4]

No obstante, y como sucedía en el imperio clásico, el uso de la fuerza y la violencia viene justificado por los compromisos morales y éticos de carácter superior de los que se empapa la nueva organización mundial. Se presenta la brutalidad bélica como un elemento al servicio de la paz y la justicia; la paradoja es eterna, la guerra para alcanzar la paz. La fuerza, que es un elemento connatural a la soberanía, es presentada como un bien al servicio de la moral absoluta ostentada por el imperio.

[1] Hardt, Michael, Negri, Antonio, Imperio, Barcelona, Paidós Surcos 3, 2005, pp. 30-31.

[2] Ibídem, p. 32.

[3] Ibídem, p. 33.

[4] Ibídem, p. 34.