Joseph E. Stiglitz: “El precio de la desigualdad”

El precio de la desigualdad: el 1% de la población tiene lo que el 99% necesita

Autor: Joseph Eportada-precio-desigualdad_grande.Stiglitz
Título del libro: “El precio de la desigualdad”
Número de páginas: 488
Editorial: Taurus Pensamiento

 

La aportación de Stiglitz a la economía mundial data de mucho antes de recibir el Premio Nobel de economía el año 2001. Una prestigiosa carrera como profesor en universidades como Yale, Oxford y Standford le abalan, así como el haber sido asesor económico del gobierno de Bill Clinton y vicepresidente senior del Banco Mundial. El estadounidense, es conocido en todo el mundo por su crítica a la globalización y los principales actores del libre mercado. Con la publicación anterior de otras obras de referencia como El malestar en la globalización (Taurus 2002), Los felices noventa (2003) o La guerra de los tres billones de dólares (2008), en 2012 presenta El precio de la desigualdad. En este libro Stigiltz retrata como nunca la realidad estadounidense y la traslada a la esfera mundial. Con un ánimo crítico y regeneracionista, pone sobre la mesa, sin escrúpulos, esos problemas soterrados por la cúpula dominante en Estados Unidos. En pocas palabras, desmonta la idea de la existencia del famoso ‘sueño americano’.

Stiglitz presenta la obra “El precio de la desigualdad” con un prólogo sobre la situación española financiera. Gracias a este prólogo, el lector se puede hacer una idea de cuáles son las respuestas que va a encontrar en este libro. Éstas, principalmente responden a la pregunta “¿Cómo hemos llegado hasta aquí?”. El autor rebatirá cada una de las bases que sustentan la idea de que en Estados todos los ciudadanos tienen las mismas posibilidades de llegar al éxito.

La mayoría de estadounidenses se han dedicado en los últimos años a proclamar lo orgullosos que se sentían de cómo funcionaba la sociedad americana, esa que decían que brindaba oportunidades a todos los que quisieran lograr el éxito económico. Los hechos transcurridos en la última década han demostrado que esto no era así. Lo que hacía pensar a los americanos que vivían en una sociedad dónde una persona representaba un voto y por lo tanto cada una de las personas era importante, no era más que la ilusión que proyectaba la burbuja financiera. Burbuja alimentada constantemente y ¿conscientemente? por una serie de banqueros y actores financieros que ha acabado estallando. A su vez, esto ha hecho más que evidente que la sociedad que los americanos creían justa, no es sino más desigual que nunca.

Stiglitz se encarga, incesantemente, de constatar que la crisis económica está llevando a flote todos aquellos desajustes de mercados que algunos se han encargado de esconder durante mucho tiempo. ¿Quiénes son estos actores?. Nuestro autor los bautiza como ‘banqueros’ y constituyen el 1% de la sociedad. ¿Con qué fin han engañado a la sociedad?, para aumentar su beneficio de manera espectacular. Tanto es así, que con esta teoría llegamos a entender a lo que Stiglitz se refiere a lo largo de todo el libro y es a su vez la premisa que basa este libro: el 1% de la población tiene lo que el 99% necesita.

En los últimos años hemos recibido noticias que nos contaban que en los países árabes se estaban llevando a cabo una serie de revueltas contra gobiernos dictatoriales. En España, nos alegrábamos de ver como nuestros vecinos se daban cuenta de que no podían vivir bajo la estela de un régimen que oprimía sus libertades y no les dejaba prosperar. Pronto, ese espíritu alimentó nuestro enfado con la sociedad que se nos estaba presentado día a día y eso dio lugar a un movimiento al que llamamos ‘los indignados’. Algo parecido ocurrió en Estados Unidos, esta vez bajo el nombre de Occupy Wall Street.

La crisis en la que está sumido todo el planeta no es más que la salida a flote de un puñado de desajustes que se han ido escondiendo o tapando a base de parches en los últimos años por un porcentaje mínimo de la sociedad. Stiglitz no sólo señala como culpables al 1% de la sociedad que mueve los hilos del 99% restante. El autor también pone de manifiesto su desacuerdo con el funcionamiento actual de los mercados. Éstos, no sólo funcionan de manera injusta por si solos, sino que las medidas de los gobiernos no sólo no ayudan a reajustarlos, sino que agravian más la situación. Al fin y al cabo, todas las empresas que tejen el mercado económico actual pretenden reformular los mercados para que funcionen para ellas, no para la sociedad, aunque esto conlleve que tengan que ser más lucrativos.

Stiglitz, con un lenguaje sencillo y claro, acerca algunas ideas técnicas al lector poco habitual de economía, ejemplifica con situaciones diarias tanto de los estadounidenses como del resto de ciudadanos del mundo que, gracias a la globalización, percibimos hoy una sensación de injusticia en nuestra sociedad. El autor desmenuza una por una las falacias con las que se defiende el 1% de privilegiados de la sociedad. Muchos de los ciudadanos que acumulan grandes riquezas son partidarios de que la desigualdad es necesaria en una sociedad porque activa la economía. Stiglitz no esconde que un cierto grado de desigualdad es inevitable en la sociedad y que es justo que los que más trabajen reciban una mayor retribución que los que no lo hacen. Lo que el autor critica es la manera como esta desigualdad ha alcanzado límites desorbitados, hasta el punto que a dos personas con las misma contribución a la sociedad les separa un abismo económico.

La pobreza siempre ha estado presente, pero el número de personas que están por debajo del lindar de pobreza ha llegado a números históricos. De hecho, la clase media está desapareciendo, y no es consecuencia de que las personas situadas en un nivel medio consigan hacer riqueza, sino que la clase media se está sumando progresivamente a las personas que pertenecen a la clase pobre. Y la desigualdad y la injusta repartición de la riqueza son, sin lugar a dudas, los culpables de este fenómeno intensificado por la crisis económica mundial.

Esta situación y la indignación de los que empiezan a ser conscientes de esta realidad han impulsado la reflexión de quienes se preguntan si el sistema político tiene algo que ver con todo esto. Stiglitz deja claro que la desigualdad económica está sin duda estrechamente ligada con las decisiones políticas de los últimos años. Estas medidas, en lugar de intentar corregir los desequilibrios de un mercado sin control, han intensificado sus horribles consecuencias. Nocivas para el 99% de la sociedad, una fuente de riqueza para el 1% de ella. Todo esto desemboca en la puesta en peligro de la democracia, cada vez más debilitada y puesta en entredicho ya que los ciudadanos cada vez tienen una mayor consciencia de que no hay nadie que los represente.

La previsión de futuro que hace el autor en ‘El precio de la desigualdad’ es que las opciones que un individuo de clase baja tiene de llegar a lo más alto son prácticamente nulas. Por mucho que durante años los estadounidenses se hayan sentido orgullosos precisamente de esto, las circunstancias actuales difieren totalmente de ello. ¿Por qué? Porque el futuro de los individuos está estrechamente ligado a la formación y educación que reciben. Las familias que pueden permitirse una formación ‘de lujo’ constituyen sólo el 10% de la sociedad. Este porcentaje de chicos y chicas que el día de mañana se incluirán al mercado de trabajo con una mayor cualificación que estudiantes de universidades públicas, serán los que, más que probablemente, acabarán obteniendo un gran parte de riqueza – siempre proveniente de los de abajo – . Éstos afortunados serán, además, hijos de aquellos que en su día también tuvieron mayores oportunidades que los otros, así que cabe esperar que los hijos de sus hijos también acaben perteneciendo al grupo del 10% que acapara toda la riqueza que necesitaría, y merecería, el resto de la sociedad.

Me gustaría acabar incorporando a esta reseña una opinión personal que, más que ser precisamente eso, es una reflexión impulsada por las teorías que Stiglitz presenta en su obra. Una vez el autor ha refutado todas aquellas premisas que los últimos años han cegado a la población estadounidense y ha puesto sobre la mesa los fundamentos de una crisis económica, una misma acaba, aunque sea sin querer, haciendo un pequeño juicio sobre la sociedad que le ha presentado Stiglitz y llega a la siguiente conclusión. Los hilos de la economía mundial dependen de un porcentaje minúsculo de la población, así que cabría esperar que este porcentaje tuviera de vez en cuando la decencia de reflexionar acerca de la inmensa responsabilidad que tiene sobre los demás.

Pero parece que el único valor que mueve hoy en día a este pequeño y poderoso grupo es el egoísmo. El benefició ‘para mí y los míos’, y sobre todo, inmediato. Son muy pocos los capaces de ver que la economía, así como la política, es un hecho conjunto, un camino global. La democracia, como su nombre indica es de todos, pero no lo será hasta que se empiece a pensar en los demás. Y no cuando nos referimos a una sociedad utópica cuando hablamos de democracia, nos referimos a una cuestión moral. Una moral que se ve constantemente amenazada por el miedo, miedo a perderlo todo en manos de alguien que, también por egoísmo, quiere apoderarse de lo que nos pertenece. Es un problema de fondo, de educación, de codicia, de la manera como los individuos nacemos y crecemos valorando todo lo que tenemos a nuestro alrededor.

Sin ir más lejos, creo que Stiglitz refleja exactamente eso en un fragmento de su gran obra:

He destacado que el país tiene que actuar unido, de forma cooperativa, si queremos resolver los problemas del país. El gobierno es la institución oficial a través de la que actuamos juntos, colectivamente, para resolver los problemas de la nación. Es inevitable que los individuos discrepen en sus puntos de vista sobre lo que habría que hacer. Esa es una de las razones por las que la acción colectiva resulta tan difícil. Es necesario que haya compromisos, y el compromiso debe basarse en la confianza: un grupo cede hoy, dando por sobreentendido que otro año cederá otro grupo. Tiene que existir la confianza en que todo el mundo va a ser justamente tratado, y si un asunto concluye de una forma diferente de lo que alegan quienes propugnan una medida, tendrá que haber cambios para adaptarse a las circunstancias inesperadas. (Stiglitz, 2012: 176)

Beatriz Salcedo García