LA ABSTENCIÓN DE LA IZQUIERDA ES UN VOTO PARA MERKEL

LA ABSTENCIÓN DE LA IZQUIERDA ES UN VOTO PARA MERKEL

A pocos días para las elecciones, las encuestas siguen pronosticando unos niveles de abstención extraordinariamente altos, especialmente entre los votantes habituales de la izquierda. Y aún siendo explicable esta situación, a causa del contexto de crisis económica e institucional vigente, debemos advertir que sus consecuencias podrían resultar del todo contraproducentes para los principios y los intereses de los propios abstencionistas.

Hay quien dice abstenerse por “desafección” hacia la política hegemónica en nuestro tiempo. Y la paradoja reside en el hecho cierto de que cuanto más crezca el número de críticos abstencionistas, más valor tendrá el voto de quienes se muestran partidarios del statu quo. Quienes reivindican el cambio han de expresarlo y promoverlo con su voto. Lo contrario solo conduce a la consolidación de aquello que se critica.

Otros dicen abstenerse porque “todos son iguales”, y muestren el color que muestren unos y otros partidos en sus carteles, el sentido de las políticas que aplican en los gobiernos resulta muy similar. En realidad, tal semejanza tiene mucho que ver con la doctrina de la “austeridad expansiva” que el stablishmentmerkeliano impone con su mayoría en las instituciones europeas. Y la única manera de permitir un giro hacia estrategias anticíclicas en los gobiernos nacionales consiste en cambiar esa mayoría. ¿Y cómo se cambian las mayorías en democracia? Votando.

Algunos reivindican la abstención en estas elecciones europeas porque Europa ha pasado de sueño a pesadilla. Si algún día fue referencia ideal para el triunfo de las libertades civiles y los derechos de ciudadanía, hoy solo es fuente de recortes y sufrimientos. Pero la salida a esta queja bien fundada no puede estar en la abdicación del poder democrático para cambiar las cosas que tenemos con nuestro voto. Si queremos una Europa distinta, tenemos que conquistarla con el voto.

El riesgo de la abstención mayoritaria va más allá de la contradicción o el perjuicio individual. Cuando los europeístas se retraen, los antieuropeístas se crecen. Y puede darse la circunstancia de que las instituciones ideadas para construir Europa acaben llenas de partidarios de acabar definitivamente con Europa.

Europa comenzó a levantarse desde la legítima intención de sumar fuerzas para ganar la paz y el progreso. Pero no se trata de un proyecto irreversible. Si su Parlamento y su Gobierno actúan desde claves renacionalizadoras e insolidarias ¿para qué queremos esta Europa? Si la quiebra entre el Norte y el Sur se acrecienta y no se corrige desde las élites europeas, ¿qué puede atraer de Europa a un griego, o a un portugués o a un español?

Más aún. Si nos abstenemos aquellos que nos manifestamos críticos con las expresiones políticas predominantes, porque entendemos que no responden a los valores y a los intereses de la mayoría, ¿quiénes obtendrán el refrendo legitimador de las urnas?

Y cuando la política se encuentre en la sima de la desconsideración y el desafecto social, ¿quién ocupará ese hueco en el espacio común que compartimos? ¿Cuánto tardará en llegar un “salvador” que todo lo prometa para acabar robándonoslo todo?

No. Abstenerse no es una buena idea.