La desdicha del alcalde

Inventaré un personaje y una localidad, sólo para efectos narrativos, digamos. Que nadie se sienta ofendido, ni mucho menos aludido.

El licenciado Ulises Rodríguez tiene 36 años de edad. Habita en la cabecera municipal de San Juan Nuevo, en el estado de.., donde nació y completó sus estudios desde preescolar hasta el bachillerato. Para realizar sus estudios universitarios en derecho, se tuvo que ir a la capital, porque en su pueblo no había Universidad.

Ulises ha recordado varias veces que, desde su más tierna infancia, tal vez a los cuatro cinco años de edad, se le metió la idea de ser Presidente Municipal de su querido San Juan. Fue un día que vio salir de la Presidencia Municipal, un edificio antiguo en ese momento recién remodelado, al alcalde, un hombre que lucía próspero y despreocupado.

Desde entonces quiso ser como él y conforme fue creciendo, se convenció cada día más de su vocación.

Por fin llegó la oportundiad: su partido lo postuló primero como diputado local y después le indicó que solicitara licencia a su encargo en el Congreso, para lanzarse como candidato a la Presidencia Municipal.

Así lo hizo. Cumplió las formalidades, salió del Congreso, se lanzó a la campaña electoral y, por supuesto, con el apoyo del partido, ganó.

El día que tomó posesión del cargo, fue el más feliz de su vida, pues cumplió su anhelo de siempre. Además, ese día nació su primogénito que, para su mayor satisfacción personal, ¡fue niño!

Eso fue un viernes. Por pudor, consideró que el sábado se tenía que presentar a trabajar, de manera que, poco antes de las 9:00 de la mañana, se dirigió al Palacio Municipal para comenzar a ver los asuntos.

Como semanas antes sus colaboradores habían recibido el despacho del anterior alcalde, él mismo no había tenido tiempo de resivar los documentos, pues le dijeron que todo estaba en orden.

Así pues, entró al edificio, donde el policía de la puerta se le cuadró (¡qué orgullo interno sintió!), se dirigió a su despacho, abrió con la llave que llevaba en el bolsillo y se instaló en el sillón negro de cuero que -ahora descubría- estaba gastado de un lado y tenía una rajada en el respaldo.

Los cajones estaban totalmente vacíos y el mobiliario parecía recientemente movido. Un cuadro con la foto del Señor Gobernador adornaba la pared detras él y –más arriba– otro con la imagen del Señor Presidente de la República.

Dos o tres documentos sin importancia estaban sobre el escritorio. Los leyó rápido ¿y luego qué? Silencio absoluto. Nadie en el edificio. Tomó el teléfono, presionó un botón y escuchó el ruido en el aparato afuera de su despacho donde, presumiblemente, debería estar su secretaria…si fuera lunes.

Entonces salió de su despacho y recorrió los pasillos fisgoneando por las oficinas vacías. Le dio la impresión de un pueblo fantasma. Alarmado, el policía de la puerta subió para ver qué se le ofrecía al señor presidente. “Nada, nada, muchas gracias. Sólo miro las oficinas”.

Una hora y media más tarde, estaba en su casa con su mujer y su bebé.

El lunes a las 9:00 se volvió a presentar. Uno o dos empleados lo saludaron con respeto…o mejor dicho, temor. Los demás fueron llegando poco a poco.

En el transcurso del día, comenzó a enterarse de que el Municipio, en una palabra, estaba quebrado económicamente, enfrentaba una demanda laboral monstruosa por el despido injustificado de trabajadores de limpia, tenía una grave debilidad en seguirdad pública y tenía un lío espantoso con dos notarios, por la escrituración de algunas propiedades municipales, incluyendo el propio Palacio.

Llamó a su secretario particular, un compañero de toda la vida, que había sido su coordinador de campaña. ¿Quién nos resuelve esto?, le preguntó.

Desconsolado, su amigo suspiró y le dijo: “Señor presidente, nadie. Ya pregunté y los pocos que no renunciaron al cambio de gobierno  no saben nada de sus respectivos cargos”.

Para colmo, con las finanzas quebradas, había una gran deuda y los únicos impuestos que podía cobrar, dada la organización política del país, no le alcanzaban para nada.

El pobre Ulises había descubierto que ser presidente municipal, en un lugar con tales debilidades institucionales, francamente era inútil.

Se retiró a su casa y dos semanas más tarde, presentó su renuncia “por motivos de salud”.