La economía de la felicidad

Es importante matizar la cuestión de la felicidad, darnos cuenta de que la búsqueda de la felicidad puede significar cosas distintas para diversos buscadores. En forma paralela es importante, en mi opinión, entender las fuerzas que promueven una u otra idea, una u otra manera de ver este tema.

Por ejemplo, pensemos por un momento en la diferencia entre felicidad y el placer derivado de la satisfacción de nuestros sentidos, cortesía del comercio. Diferencia genuina por demás. Aunque aceptáramos la necesidad de adquirir ciertos bienes materiales para ser feliz y que este nivel de consumo es objetivamente superior en un país industrializado que en una sociedad agraria, tendríamos que aceptar que el poder adquisitivo de la clase media baja de una sociedad industrial es suficiente -en términos generales- para ser feliz, si no nos comparamos con otros, si no envidiamos los bienes ajenos.

Sin embargo, entre los muchos problemas relacionados con la búsqueda de la felicidad encontramos que, desacostumbrados a realmente pensar por nosotros mismos, terminamos haciéndole el juego a los productores de bienes y servicios (algunos de ellos completamente innecesarios) y terminamos hipotecando nuestro futuro y calidad de vida por tener el nivel de consumo que nos muestran en las comerciales.

Ir contra esa tendencia es difícil. El capital invertido en convencernos que debemos comprar x o y para sentirnos bien es inmenso. El capital invertido en convencernos de que de lo que se trata es de cultivar cierta manera de ver la vida es mínimo o inexistente.

A corto plazo, comprar algo puede ser la opción más cómoda para intentar llenar un vacío. Pero si, por su naturaleza, dicho vacío es una falta de sentido o el miedo a un universo terriblemente complejo, vaciar nuestros bolsillos o llenar nuestras tarjetas de crédito no nos va a resolver el problema.