La Libertad comprometida

Observación en el aeropuerto de San Francisco en el paso rumbo a Taiwán:

Desde su fundación e históricamente, Estados Unidos ha sido EL país que AMA y valora su libertad (casi) por encima de cualquier otra cosa.

El concepto de libertad forma parte de la esencia fundacional del país y no sólo como ejercicio práctico para sus ciudadanos, sino como concepto político que no dudan en usar para efectos propagandísticos e incluso geopolíticos.

En el nombre de la libertad, Estados Unidos ha emprendido todas las guerras imaginables; ha encabezado cruzadas para acabar con casi cualquier enemigo  elegido en distintos momentos de la historia y ha combatido ideologías y sistemas económicos completos.

El concepto, claro, es acomodaticio y maleable, conforme las circunstancias concretas y las necesidades del momento, para para el estadounidense promedio, para el “John Smith” de Philadelphia (por decir un ciudadano cualquiera), el concepto de libertad sí está arraigado y se relaciona con un asunto muy personal y práctico.

Para la persona de carne y hueso, libertad significa desplazarse a su antojo por el país; tener la posibilidad de hacer prácticamente cualquier cosa, sin que la autoridad lo moleste; gozar de absoluto dominio de lo que hace o deja de hacer en su casa; exigir que ningún particular lo moleste o invada su esfera personal; hablar a gritos en público sin que nadie les cuestiones; emitir las opiniones más violentas e insensatas sin se revonvenidos; exigir cuentas pormenorizadas del uso de los ingresos públicos; poner condiciones a los policías sobre su actuación…

Más allá de los aspectos propagandísticos, la idea de la libertad ha permeado profundamente en la vida de los estadounidenses. Tanto, que hasta los extranjeros se lo creen y compran gustosos el cuento, creyendo que se trata de un régimen perfecto, donde el ciudadano es el rey.

Por eso llama tanto la atención ver a estos ciudadanos someterse de manera tan dócil a los controles en sus aeropuertos. Sin preguntar, sin chistar, sin cuestionar nada en absoluto, están prontos a descalzarse, a someterse a cualquier vejación por parte del personal de aduanas, seguridad, migración o cualquiera otro que se mueva con cierta libertad más allá de los mostradores.

Como corderitos, esos ciudadanos convencidos de ser los amos del mundo, y para quienes la libertad es norma suprema y absoluta, permiten que los uniformados los maltraten, les griten como si fueran soldados, les den órdenes marciales y les apunten con el dedo en la cara para exigirles que hagan o dejen de hacer tal o cual cosa.

Sometidos como si fueran prisioneros de guerra a quienes se les ha robado la voluntad a fuerza de torturas, agachan la cabeza y callan cuando algún policía de poca monta les exige a gritos y en tono de amenaza, que apaguen el teléfono celular, que permanezcan en determinada fila o sólo se acerquen al mostrador si oyen su nombre.

Estos apasionados de la libertad personal, se transforman en autómatas sin criterio, cada que que cruzan la puerta de una terminal aérea, donde por regla general los funcionarios los tratan como sus inferiores y no como lo que realmente son: sus clientes.

Esta gente, tan habituada a exigir cuentas por sus impuestos, consiente sin cuestionar en absoluto las órdenes absurdas que rebiden, como dejar a un lado sus pertenencias, mientras la persona es sometida a revisiones intimidatorias y vergonzantes.

Extrañamente, los estadounidenses permiten que los policías husmeen en sus pertenencias personales sin respeto ni pudor, mientras ellos callan y observan sumisos, cuando una actitud equivalente en otro país, supondría que pongan el grito en el cielo, precisamente por la invasión a su esfera de libertades personales.

El extranjero que pasa aquí de turista, no tiene ni remotamente el derecho a oponerse a esta clase de vejaciones y tampoco se puede quejar de los maltratos y la pérdida de tiempo. De hacerlo, lo único que conseguiría sería convertirse en sospechoso y, créanme, eso es lo único que uno no quiere en Estados Unidos.

Desde luego, el régimen ha usado precisamente el discurso de la libertad para justificar estos abusos y aún garantizar una actitud dócil de sus ciudadanos. Porque si esta gente un día se diera cuenta de que en verdad es tratada peor que en los países de regímenes totalitarios, realmente no se sentiría tan proclive a aceptar ese maltrato.