Singles

“Si el mundo te da la espalda, dale la vuelta al mundo”, o algo así, una frase que leí en una caja de cereales. No suelo hacer caso de los temas de autoayuda, pero por una vez la reflexión me convenció. Si mis antiguos compañeros no me llamaban, pues buscar a otros nuevos. Ya me sucedió una vez. Cuando el comienzo de la crisis, que paulatinamente fui perdiendo el contacto con la mayor parte de mis colegas de trabajo y de la universidad. Por falta de interés, por la que estaba cayendo o el sálvese quien pueda. Aunque, también he de reconocerlo, por mi carácter, que a veces parece que me guste tirarle piedras a mi propio tejado.

Pero esa es otra historia. El caso es que en un principio acudí a la misma solución de por entonces, a la página de Internet de los grupos de amigos en Sevilla, que seguían la filosofía singles: gente de mediana edad, sin pareja, y supuestamente si prisa para obtenerla, que buscaba a otras personas con el fin de compartir aficiones y reunirse en grupo. Aunque, si he de ser sincero, de esto había más bien poco. En su lugar lo que contemplé era en cambio gente rebotada, de divorcios, separaciones, roturas traumáticas, e incluso una vez conocí a una chica que acababa de salir de un matrimonio absorbente en una secta. En cualquier caso, eran compañía, y no es que fueran tan raros como pareciera a primera vista.

Ese era el problema, que no eran tan raros. Una vez salías varias veces resultaba que las personas conflictivas acababan fuera decantadas por su propio peso, y quedaba un núcleo duro de seres afables. Una cuestión curiosa es que en su mayoría estaba conformado por funcionarios. No es que me queje de los funcionarios. Ellos mismos estaban hartos de que se tuviera la imagen de que no trabajaban. Puedo decir que no dudaba de sus afirmaciones. No obstante, lo que sí contemplé es que en los singles apenas había autónomos, empresarios, siquiera trabajadores por cuenta ajena. Y es que si en verdad los funcionarios trabajan duro, también es cierto que se atienen a un horario, o al menos con los que yo conocí así era, y el resto del tiempo era libre.

Yo también tenía mucho tiempo libre, lo que no contaba era con dinero. Pero ellos sí. Salida de tapeo el viernes, restaurante el sábado por la noche, y posteriormente copas en una discoteca hasta las tantas. Y el domingo por la tarde cafelito con pastas por el centro. Francamente, yo no podía soportar su ritmo. Algunos de ellos me decían: “Hazte funcionario, no seas tonto. Dedícate a una oposición”. Esa era una idea que me horrorizaba, por mucho que en mi fuero interno me diera cuenta de que debido a la crisis aquella pareciera ser la única solución, y que precisamente es a lo que me he acabado dedicando. Yo siempre había tenido la idea de vivir de mi esfuerzo, de trabajar en una empresa o ser yo mismo un empresario. Se me hacía muy cuesta arriba una oposición, tener que enfrentarte a una prueba en la que no gana el más apto, sino aquel que esté más dispuesto a perder el tiempo memorizando datos inútiles que después de nada te van a servir de cara al trabajo. Pero la cuestión fue que malas decisiones en su momento me llevaron a no tener una economía demasiado bollante al inicio de la crisis. Tenía lo justo como para irme un mes en el extranjero y probar, o por contra, con la ayuda de mis padres, sufragarme la matrícula del Máster de Profesorado de Secundaria. Acabé optando por lo segundo, lo que me dejó más pobre aún si cabe.

En cualquier caso, si en un primer momento dejé los singles, y ahora que retomaba la idea también me iba a acabar distanciando, no iba a ser tanto por el dinero como por la falta de sincronía. Tenían pasta, tenían tiempo libre, sin embargo… ¿para qué? Tenían una seguridad, una tranquilidad, eran funcionarios, no se les podía despedir. Y eso era todo. Esa era su vida. Pasta, tiempo libre, tapas los viernes, restaurante los sábados y cafelito los domingos, y si acaso acudir a alguna que otra feria del jamón, alguna vez al cine, a un concierto, un fin de semana en la sierra, y ya está. Nada de inquietudes, nada de proyectos vitales, nada de sueños que con tanto tiempo libre y una seguridad a sus espaldas podrían quizás plantearse. Ver el tiempo pasar y ya está, que la vida transcurra; ya hice el esfuerzo, que se ocupen otros. Y cuando les acometiera la crisis existencial, cuando se vieran envejecer y se dieran cuenta de que habían malgastado su existencia, pues tratarían de compensarlo con algún viaje a algún país exótico para estropear aún más algún ecosistema extranjero, o para prorrogar una situación de turismo sexual, y nada más.

Quizás resulte duro, pero a mis ojos muy pocos de ellos se salvaban. Y aquello me producía un ahogo inmenso, que las personas que se disponían a mi alcance fueran tan anodinas, tan insustanciales. Incluso en ocasiones puedo decir que hasta miraban mal si proponías un tema al que ellos no estuvieran acostumbrados o les hiciera pensar más de la cuenta. En su presencia me invadía la tristeza, el vacío, la soledad, pero no la soledad a la que puedo estar habituado y en el fondo hasta me gusta, sino el desasiego, gritar y que sólo salga silencio.