Luego del necesario descanso a raíz de las fiestas navideñas y el fin del año anterior, no queda más que retomar las actividades usuales. Los mejores deseos para aquellos lectores de estas líneas, sean regulares (cuya abundancia y consecuencia pongo en duda, pues el más inconsecuente de todos es el mismo autor) o accidentales: para todos ustedes, éxitos en su metas y un feliz y próspero año 2013.
El tema que el Dr. Fausto abordará hoy en su Gabinete de reflexiones, pertenece a la naturaleza del poder, en su vertiente más tradicional y cercana a la conciencia de las personas: el poder político. Además, forma parte de la actualidad nacional, con lo que Fausto abandona su pretendida intempestividad usual para tocar un tema de inquietud local (si nos ubicamos desde fuera del contexto venezolano) o nacional (si nos situamos dentro de ese contexto).
El título de “reflexiones” viene dado porque lo que plasmo aquí es fruto de un pensamiento no precisamente sistemático, sino más bien consecuencia de una inquietud en la que lo personal trasciende de sí mismo y busca contactar con otro ámbito que lo desborda y lo envuelve: lo social. Así pues, la trillada noción de análisis quedaría muy grande: no hay aquí la rigurosidad necesaria, la “claridad” y “concisión” cartesianas que la hagan calificar como tal. Aquí, más bien sigo el estilo diletante de un Montaigne.
Los acontecimientos recientes en la política venezolana, que hacen que la dinámica del debate y la acción dependan de un tema que pareciera más bien de índole privada (esto es, la salud de una persona), abren un compás de interrogantes, dudas, inquietudes y, por vía de consecuencia, reflexiones sobre aspectos muy diversos. Muchos comentaristas, “analistas” y opinadores de oficio trazan escenarios, formulan interpretaciones y gritan a los cuatro vientos su “deber ser”. Sin embargo, aquí mi pretensión es explicarme a mí mismo, compartiendo con quien le interese el tema (como pensando en voz alta) la situación actual de la oposición venezolana, esa especie de parálisis o inmovilidad (o incapacidad o incompetencia o…) que muestra en un momento tan delicado para la vida nacional como el actual.
Siempre he sostenido que Venezuela, como muchos otros países latinoamericanos, es un país adolescente, en busca de su madurez. Todos los que hemos pasado por esa etapa de la vida, recordamos que hay una tormenta de impulsos, pensamientos, inclinaciones y frustraciones, a menudo contradictorios, violentos, subterráneos, que hacen esa época una de las más turbulentas, pero también, junto con la infancia, la más maravillosa de la vida del ser humano. Es una época de aprendizaje, de preparación para la vida adulta, pero también de indecisiones, de ensayos y errores, de equivocaciones y de aciertos. De allí la analogía con la situación actual del país.
Aquí obviamente al decir “país” no me refiero a nuestro mapa político o físico, a ese lugar ubicado al norte de Suramérica con 2000 Km. de costas y los más diversos climas. Me refiero a la gente que hace al país: los venezolanos como un todo, esto es, “la nación” (o, como dicen los políticos de nuestro Parlamento en su estilo rimbombante: “el país nacional”). El país es adolescente, porque sus habitantes somos inmaduros, porque aunado al sempiterno complejo de Peter Pan que nos caracteriza (el querer ser jóvenes o niños por siempre y, por lo tanto, comportarnos como tales), padecemos de una falta de memoria colectiva que nos impide aprender las lecciones que nos enseña nuestra historia (rasgo éste típicamente infantil).
Esta es una característica que padecen, salvo contadas excepctiones, todos los factores de la vida nacional, sean políticos, económicos, sociales o culturales. En el primer aspecto, ni el oficialismo (el gobierno que tiene 14 años en el poder) ni la oposición escapan de esa inmadurez, de esa constante búsqueda de sí mismos y también aquél olvido típicos de la adolescencia.
Sin embargo, y llendo de una vez al grano, la gran tragedia de la oposición venezolana actual es su desmesurada ambición por controlar al Estado propietario de la renta (y, por ende, dueño de su distribución), pero siendo incapaz, frente a su actual usufructuario, de acceder (legítima o ilegítimamamente) a él.
En Venezuela, la correlación de Sociedad Civil – Estado se resuelve (y se resolverá siempre, mientras las presentes condiciones económicas, políticas, sociales y culturales del país se mantengan) a favor del Estado: quien tenga su control, controlará también a la sociedad. Lo único que puede revertir esa conclusión a favor de esta última son tres factores: el TIEMPO, la EDUCACIÓN (para la libertad y el trabajo) y, estrechamente ligado a los anteriores, la CONCIENCIA (esto es, la “moral” o los “valores”). La revolusión o la evolución social (sea cual sea el camino que escoja el país) sólo serán posibles en la medida en que sepan manejar estos tres elementos.
La conformación de la oposición venezolana en la actual coyuntura postelectoral, en la que los partidos tradicionales (AD, COPEI, MAS…) parecen haber sido desplazados (aún es difícil saber si momentánea o permanentemente) por una coexistencia entre dos vertientes en lento, pero sostenido crecimiento: una de corte socialdemócrata y policlasista (MPV) y otra de corte liberal y moderado (PJ), ambas con un carácter pretendidamente progresista (es decir, no conservador), presenta, sin dudas, tanto retos como oportunidades.
Entre sus retos están (1) conformar y mantener una unidad y coherencia de mando o bien de criterios comunes de actuación, (2) continuar aumentando su base de votantes (para lo cual debe aprender a convencer a su “target”) y (3) proponer ideas y planes que sirvan, por una parte, a esa labor de captación y, por la otra, que representen un aporte sincero, real y viable a la solución de los problemas de la sociedad.
Entre las oportunidades se podría incluir (1) la difícil coyuntura por que atraviesa el oficialismo, cuyo futuro, igual que el de la oposición, pende del hilo de la salud de su líder indiscutible; y (2) la misma heterogeneidad de las filas del chavismo, en el que coexisten tendencias, vertientes e intereses diversos (para citar algunos: nacionalistas y clasistas, izquierdistas moderados y radicales, civiles y militares, entre otros) cuyo cemento (muy eficiente hasta ahora, preciso es reconocerlo) lo representa un líder que ha sabido interpretar como nadie y homogeneizar las demandas, aspiraciones e intereses, a menudo contrapuestos, del sector que lo acompaña.
Un detalle a destacar, antes de que se me escape, es la encrucijada en la que se debate una de las citadas vertientes de la oposición (PJ): mientras que algunos de sus líderes se definen como socialdemócratas moderados o de centro-izquierda, otros establecen y mantienen contacto con elementos conservadores y de la centroderecha extranjera (por ejemplo, el PP español). ¿Es este el reflejo de una vocación de amplitud ideológica, fiel a su pretendida vocación centrista que le permite entrar en contacto con las más diversas corrientes ideológicas? De ser así, es preciso que se cuiden de no enviar un mensaje equivocado a los votantes, pues los seguidores conocen más que nadie las realidades. En este sentido, es mejor una sinceridad sin ambages, “a-la-María-Corina”, pero que aclare de una vez por todas la adscripción ideológica de la propuesta, que una postura indecisa, poco clara u oportunista, que en lugar de sumar, puede restar números a su causa.
Por otra parte, de ser una vocación centrista la que mueve a su liderazgo, es preciso tener en cuenta que mantener el equilibrio entre intereses contrapuestos es una difícil (aunque no imposible) decisión política, que el riesgo de fracaso en ese sentido está a la vuelta de la esquina, frente a quien tiene más claros sus principios ideológicos. En España el centro gobernó exitosamente durante la transición de Franco a la democracia (pero OJO: desde entonces no ha vuelto a levantar vuelo frente a las dos opciones más definidas del PP y el PSOE).
Para concluir, como decía el editorial del diario español El País (que parece tener más claridad sobre la situación en Venezuela que muchos políticos y opinadores profesionales del país): para vencer, la oposición debe convencer. Aún no convence. Le ha costado, frente a un oficialismo que maneja con maestría las claves y los hilos de la política en nuestra sui géneris democracia. Eso sólo puede lograrlo la oposición si aprende a conocer, interpretar y entender los deseos y aspiraciones de su base electoral, de su pueblo. No ir contra los intereses de éste (que son los suyos, como cuando abandonó la Asamblea Nacional en 2005). Trabajar duro para conseguir esa mayoría, no en un conciliábulo como nuestro Parlamento, sino en la calle. Actuar tanto en la mente (ideas), como el corazón (sentimientos) y en la pancita (intereses) de las personas a quienes pretende representar. Este es el largo camino que le espera a la oposición. Si no logra transitarlo con éxito, la presente situación política del país no cambiará.

