Trescientos

Trescientos, como los espartanos que plantaron cara a Jerjes, son los inmigrantes que se tragó el mar ayer mientras intentaban llegar a Lampedusa en Italia. Doscientos hace dos días, varias decenas hace cuatro por hipotermia, y así un goteo casi continuo todos los días en aguas de Lampedusa, o más cerca, en aguas del Estrecho de Gibraltar en España. Es el drama de la inmigración que debería avergonzar a una Europa insensible que ha convertido el Mediterráneo en el mayor cementerio del mundo.

Los trescientos espartanos que murieron a las órdenes de Leónidas en las Termópilas muchos siglos después siguen vivos en el recuerdo. De los trescientos ahogados ayer, cuyos cuerpos ha empezado hoy a devolver el mar, ya no se acuerda nadie. Es el drama que se vive cada día en la frontera sur de lo que denominamos primer mundo, es la guerra silenciosa que se libra cada día a las puertas de nuestros hogares y cuyas víctimas se cuentan por millares cada año.

La noticia de la última tragedia en Lampedusa ha coincidido con la imputación de 16 guardias civiles en Ceuta por la muerte hace un año de 15 inmigrantes, 15 personas, en la playa del Tarajal, cuando dispararon pelotas de goma y botes de humo mientras un grupo de inmigrantes nadaban en la noche intentando entrar en España y 15 murieron ahogados. También en las últimas horas los gendarmes marroquíes han asaltado los campamentos de inmigrantes en el monte Gurugú, donde centenares de subsaharianos esperan a saltar la valla de Melilla. Han sido trasladados a la fuerza y abandonados en medio del desierto.

Es la respuesta que el mundo “civilizado” da al fenómeno migratorio. En Lampedusa la misión Mare Nostrum, que salvó miles de vidas, ha sido sustituida por el operativo de la Unión Europea Tritón. Mare Nostrum era un operativo de salvamento. Tritón es un dispositivo para el control de fronteras, las vidas ya no importan. De hecho, ha obligado a los inmigrantes, que intentan entrar ilegalmente en Europa, a utilizar rutas más peligrosas, y las tragedias se han multiplicado.

En España la respuesta no ha sido mucho más civilizada. Multiplicamos vallas y cuchillas en las fronteras de Ceuta y Melilla. En lugar de auxiliar a los inmigrantes en el mar, se les recibe a golpe de pelota de goma y bote de humo. Además, se legisla para hacer legales las devoluciones en caliente, prohibidas por todas las normas nacionales e internacionales. Se lanzan campañas para criminalizar a las personas que intentan entrar en nuestro país, se identifica inmigración con delincuencia, nos bombardean con expresiones como avalancha o presión migratoria. Todo para justificar una política que vulnera todos los derechos humanos imaginables en la puerta de casa. Tratamos, en los CETIS y en los CIES, peor que a delincuentes a personas cuyo único delito es huir para salvar la vida por la guerra o el hambre.

Hay que recordar que los inmigrantes no salen de sus países, para morir en desiertos o mares, por su espíritu aventurero, huyen de la miseria y de los conflictos bélicos que desangran sus países. Por supuesto las inversiones en cooperación en los lugares de origen se han convertido en testimoniales. Y que decir de la política europea en crisis como las de Siria o Libia, donde la diplomacia de la Unión se han limitado a hacer el ridículo.

De Lampedusa ya salen hacia Italia más cadáveres que inmigrantes rescatados, los hornos crematorios de la isla no dan a basto. En cada pueblo del sur de Andalucía, en las orillas del Estrecho, no falta un rincón en los cementerios con nichos sin nombres en las lápidas donde se entierran los cuerpos de los inmigrantes que devuelve el mar. Hoy se lo he escuchado a la alcaldesa de Lampedusa, cada inmigrante muerto es una espina clavada en la carne de Europa. No creo que haya suficiente carne para tanta espina.

Irlandeses, alemanes, italianos, griegos, y que decir de los españoles, todos los paises europeos han sido en algún momento de su historia naciones de emigrantes. No creo que haya habido ningún lugar en el mundo donde se haya recibido a los europeos de manera más inhumana que como hoy nosotros recibimos a subsaharianos, magrebíes, sirios o pakistaníes, a gente que sueña con poder tener algún día una vida que le niegan en sus países.

Hemos perdido hasta la más mínima sensibilidad. Mientras no nos interrumpan la partida de golf los inmigrantes no nos molestan encaramados en la valla de Melilla. Podremos seguir con el día de playa mientras se cubran con esas sábanas de aluminio los cadáveres que devuelva el mar.

Durante siglos los europeos sacábamos obligados a los habitantes de África para venderlos como esclavos en la otra orilla del Atlántico. Durante décadas esquilmamos sus riquezas tras repartiremos el continente a golpe de escuadra y cartabón. Hoy les ponemos cuchillas y alambradas para impedirles entrar. Preferimos que se ahoguen hombres, mujeres y niños antes que permitirlos pisar nuestra tierra. Que paradojas tiene la vida, pero no olvidemos que da muchas vueltas.