ANÉCDOTAS DE MI PADRE COMO DECANO Y LETRADO

En una ocasión y siendo Decano del Colegio de Abogados (entonces por nombramiento de entre los más destacados letrados) tenía instalado su despacho en la calle Teobaldo Power, núm. 10, en la parte baja con entrada por el zaguán y además con la comodidad de que en el entresuelo y piso alto estaba la vivienda; y un día se presentó alterado un conocido y joven letrado a la sazón, D. Manuel Bretón, que trabajaba como pasante en el despacho de D. Manuel Aledo, en La Laguna, gran amigo y compañero de mi padre aunque más joven.

Hay que tener en cuenta que entonces el Decanato no tenía sede sino que consistía en unas carpetas donde se guardaba la documentación por el Decano de turno como lo fue D. Miguel Díaz Llanos, D. Andrés Orozco Batista y otros, y le manifestó que en una diligencia judicial, concretamente en una prueba civil, creo que en el Juzgado número uno, un oficial le faltó gravemente al respeto debido al letrado, echándolo de la Sala ineducadamente y faltándole al respeto delante de otros compañeros y funcionarios, creo recordar que incluso delante de su propio cliente.

Indignado mi padre, que era el Decano con la obligación moral y jurídica de defender a todo letrado frente a cualquier atropello que sufriera ante cualquier Órgano judicial, tal y como estaba se puso la toga y salió corriendo con la toga puesta y al aire en dirección a la Audiencia para hablar inmediatamente con su Presidente, diciéndole al Sr. Bretón que esperara al resultado de su actuación, indicándose incluso “D. Ramón, modérese”.

Cuando acude mi padre y pide ser recibido por el Presidente en su calidad de Decano, que como es sabido en los actos oficiales puede usar las “puñetas” igual que los Magistrados y Presidentes de Sala igualándose a los mismos, es recibido por el Presidente a la sazón, creo recordar que D. Ildefonso La Roche, y le expuso el caso. El Presidente le escuchó atentamente y le ofreció que de inmediato tomaría las medidas disciplinarias oportunas. Tengo idea de que aparte de instruirle un expediente disciplinario, al cabo de un tiempo fue trasladado a otro Juzgado.

Todo con gran satisfacción porque se había hecho justicia con D. Manuel Bretón, y muchos compañeros le felicitaron, pues era un Decano que ejercía como tal y no al estilo “prepotente” como era usual en la Magistratura y en los Juzgados… y aún hoy.

En otra ocasión trataré de lo que le ocurrió a D. Manuel Bretón en el viaje que hizo, para un asunto judicial, en avioneta a la isla de La Gomera y la Playa de Santiago donde pretendía aterrizar y no pudo hacerlo pues naufragó en el mar, pero pese a lo trágico de la situación el propio Bretón a instancia mía lo ha contado con mucha gracia cuando es al fin avistado por unos pescadores y salvado in extremis del proceloso mar y que estuvo a punto de sucumbir como hizo la avioneta… y era “en sustitución” de su compañero y jefe D. Manuel Aledo.

Nunca más volvió a montarse ni loco en una avioneta de los Rodríguez López.

Por último, justamente en el día de ayer, hablando con un compañero, Eugenio González Pérez, más o menos de mi quinta y un letrado de gran relevancia en Tenerife pues se inició en un gran bufete, creo recordar de D. José Víctor López de Vergara, me contó la siguiente anécdota de mi padre:

Se trataba de una vista civil ante el Juzgado de Primera Instancia de La Laguna, cuyo juez era el prestigioso D. Juan José Marí Castelló-Tárrega, y se trataba de un incidente de exclusión de bienes del inventario en una testamentaría promovida por los propietarios del célebre molino de gofio, de los primeros de esta ciudad de La Laguna, en la Calle San Juan, haciendo esquina con la hoy denominada calle Seis de Diciembre, donde se halla una de las Cruces de la ciudad (Capilla de “los Plateros”), y que popularmente eran conocido como “Los Gatos”, puesto que en esta ciudad como en Santa Cruz de La Palma, todos tenían un mote.

Y como el asunto era muy complejo y los autos tenían más de mil folios, el día antes de la vista el abogado contrario que inventarió como titular de la finca y de la propia industria molinera a uno de los hermanos disidentes que había marchado a otra isla, éste renunció a la defensa por mor de que no le habían sido abonados sus honorarios (cosa muy frecuente en los abogados pues la gente cree que así como al médico sí se va con dinero, el abogado es una especie de consultor público, quizás porque en la antigüedad no recibían emolumentos y sólo se aceptaban a título de “honor”, y de ahí el nombre de honorarios). Pues bien, con la renuncia le sustituye un letrado cogido al lazo por el cliente la víspera de la vista que lógicamente no pudo ver ni un papel, si acaso algún motivo de la exclusión de dicho bien.

El informe de D. Eugenio fue, como siempre, acucioso y muy complejo, con abundante cita de preceptos legales y jurisprudencia varia del Tribunal Supremo y tuvo una duración (¡cosa más natural en Eugenio y otros letrados de entonces!) de aproximadamente dos horas. Terminada su intervención se da por el Juez la palabra al nuevo letrado de la parte adversa, que creo era Juan Antonio Rodríguez Sánchez, el “gomerito” como le llamamos cariñosamente, quién despachó su turno simplemente negando los argumentos y supuestos de hecho del letrado actor, pero muy someramente y sin entrar en materia puesto que lo desconocía y durando su intervención escasamente dos minutos.

Salía Eugenio de los Juzgados cuando llegaba mi padre saludándole como lo hacia siempre, cordial y amigablemente: ¿Qué tal querido e ilustre compañero? Contéstole Eugenio como siempre cortésmente y diciéndole que venía un poco cansado de su actuación que había durados dos horas pero lo más asombroso es que la del otro letrado había durados dos minutos. Y entonces mi padre sentenció, sin saber quién era el letrado adverso: “O ese abogado es un “coloso de la síntesis” o un absoluto insensato”, con esa pomposidad y rapidez de juicio con humor que distinguía a mi padre, y todo este relato me lo hizo Eugenio hace un par de días cuando me crucé con él en la calle y le dije que estaba componiendo un libro de anécdotas y memorias.

Realmente esta última no la conocía y por ello la transcribo pues esas frases apodícticas deben permanecer en el tiempo.

La Laguna de Santa Cruz de Tenerife, a 17 de Octubre de 2013