Cuando el miedo cambia de bando…

…suceden cosas. Desagradables. Estallan colectivos. Del tumulto al odio y a la guerra.

Históricamente ha sido así. Mucha gente muere en las grande revoluciones. Se pierde mucho, mucho. ¿Vale la pena? Ciertamente es complicado responder a esta pregunta. El ser humano siempre estalla en luchas de poder. Está lleno de expectativas sin cumplir y cuando muchos individuos insatisfechos se unen, se convierten en un arma peligrosa, consideran que no tienen nada que perder y tiran para adelante, llevándose por delante la acomodada pasividad de otros que por la inercia se unen a la masa.

Normalmente hace falta un líder que configure la estrategia. A menudo ese líder cree que es el eje de todo, pues para liderar una gran revolución, se debe poseer entre otras cualidades ego y determinación. Pero las mas de las veces si rascamos en el fondo del barril de la historia, descubrimos que en los posos se ocultan una serie de intereses por los cuales se ha provocado que la gente tenga una predisposición a la revolución, y que el supuesto líder ha sido empujado y mimado hasta colocarlo de cabeza de turco permitiéndole esquivar las balas del enemigo hasta que llega su hora y ya no se le necesita.

Entonces ¿vale la pena sumarse a la revolución? ¿A qué intereses sirve en realidad la revolución y la posible guerra que parecen avecinarse según los mas conspiranoicos, y los que no lo son tanto? Estoy oyendo en medios de comunicación tradicionalmente partidarios de derechas, críticas duras contra el sistema, el gobierno, la monarquía, etc; Por las políticas de los últimos tiempos, por tantas mentiras y robos y corrupción.

¿Realmente dicen lo que piensan? ¿Les está dictando el sistema lo que deben decir para así ayudar en la gran conspiración global? ¿Están los medios de comunicación al servicio de una manipulada revolución global que solo puede ser beneficiosa para los de siempre?

¿Vale la pena seguirles al juego? ¿Y si un individuo decide que no entra al trapo? Los demás le arrastrarán. De nuevo, no tenemos elección, no nos lo permiten. ¿Cómo podemos salvarnos y evitar el desastre?

Hay buenas iniciativas que construyen comunidad como por ejemplo los huertos compartidos. Si tienes un terreno que no utilizas lo cedes para que planten otros, te toca una parte de la producción como si fuese un alquiler. Otro gran proyecto es el de regalar lo que ya no utilizas a quien lo necesite, y cuando necesitas algo, puedes encontrarlo del mismo modo. El banco del tiempo es una solución para conseguir un servicio que necesitas sin pagar con dinero, si no aportando tiempo para dar un servicio sin pedir una remuneración. Todo ello son formulas de trueque en las que no interviene la divisa, con lo que no existe el pago de impuestos. Es una buena alternativa. Dejarse manipular y vencer con una revolución que desemboca en genocidios se puede evitar si nos negamos a combatir.

La industria farmacéutica entra entonces en juego. Ellos poseen las enfermedades del mundo y para el mundo. Se han asegurado que muchos de los conocimientos de sanación que tenían nuestros antepasados, se perdieran y dependamos de sus remedios para sobrevivir. De nuevo surge un líder convencido de que su causa es justa y su destino se escribe de su puño y letra. Cuando en realidad se desata una guerra para diezmar la población evitando el colapso, y el líder junto a sus revolucionarios se lo sirven en bandeja.

No es un juego limpio señores. No. Es el mismo juego sucio llevado a cabo desde la primera guerra mundial. Se ha utilizado este método en otros continentes. Para expoliar sus materias primas mientras se matan en guerras civiles. Esclavizados por los suyos para realizar trabajos terribles sin recompensa, mientras grandes corporaciones se llenan los bolsillos.

El comportamiento del ser humano no es extraño para los microbiólogos, que han estudiado a las bacterias desde una perspectiva nueva, humanizándolas y se han dado cuenta de que se oprimen unas a otras, se aprovechan las fuertes de las débiles.

Si dios nos hizo a su imagen y semejanza, esto suscita nuevas preguntas teológicas.

¿Sabemos hacia donde nos empujan? ¿Queremos ir hacia allí? ¿Podemos evitarlo?