El camino seguro

Si quieres que un asunto político se empantane, el camino seguro es establecer una Mesa de Negociación. Cuanto más grande, rimbombante y aparatosa resulte, menos resolverá el tema.

Eso, desde luego, por no hablar de una Comisión Especial, cuyo efecto será básicamente el mismo, pero elevado a la enésima potencia. Es decir, si un asunto se empantana un mes con una Mesa de Negociación; se empantanará 100 meses con una Comisión Especial.

El esquema de las Mesas de Negociación ha venido funcionando durante los últimos 40 o tal vez 50 años y, por lo general, se establecen en la sede de la Secretaría de Gobernación, “al más alto nivel”, donde seguro no se resuelve nada.

Lo peor del caso es que, en términos teóricos, debería ser un mecanismo natural y eficaz del engranaje democrático, para darle salida a situaciones complejas, que amenazan con dislocar el orden establecido y la armonía social. Por eso, resulta fácil para los funcionarios acceder al establecimiento de dichas mesas, donde básicamente los quejosos desfogan sus frustraciones y rumian su desventura, mientras el funcionario y sus mil asesores, toman nota, ponen cara de circunstancia y se comprometen esencialmente a nada.

Establecidas como medida extrema, sobre todo frente a manifestaciones grandes y complicadas, las Mesas de Negociación son el camino seguro al fracaso de la causa.

Hace muchos años de ejercicio periodístico que perdí la cuenta de cuántas Mesas de Negociación he visto establecerse en la Secretaría de Gobernación y en otras tantas dependencias. Algunas de ellas, se hacen célebres e incluso sesionan en varias ocasiones con la presencia de medios de comunicación.

Por lo común, parecen darle cauce institucional a las protestas y los funcionarios suelen comportarse como si realmente quisieran arreglar el problema. Cuanto más habilidoso sea el político que encabeza la mesa y cuanto mayor sea su rango, más va deshojando el conflicto durante las sesiones, para encargarle aspectos específicos a cada uno de sus numerosos colaboradores.

Aunque la teoría de la negociación de conflictos dicta precisamente esa técnica, en realidad el punto central es la diferencia entre la voluntad de las partes: mientras los quejosos quieren arreglar su problema, los funcionarios no quieren arreglar el problema.

Y cuando los funcionarios encargan subtemas a sus subalternos, lo que consiguen es pulverizar el asunto, seccionarlo en partes tan pequeñas como sea posible, con lo cual se garantizan la pérdida de la fuerza original.

Al poco tiempo, los ciudadanos que cayeron en el garlito de aceptar la Mesa, se percatan de que el funcionario encargado del subtema particular “no se encuentra porque lo llamó el Señor Secretario (el burocratita de quinta que informa se pone de pie), pero está muy al pendiente de su asunto”; “justamente fue a una diligencia a la Presidencia de la República (el burocratita que informa también se pone de pie) para tratar el tema”; “les ruega que lo esperen unos minutos porque está al teléfono con el señor diputado don Fulano de Tal para buscar la ampliación presupuestaria del rubro 347 del PAFEF para darle sustento al tema en cuestión” y así por el estilo.

Se cansan de llamar, acudir o preguntar, porque el hombre jamás tiene tiempo para atenderlos y cuando por casualidad se agota el catálogo infinito de pretextos –o bien sorprenden in fragantti al tipo– éste finge una prisa inaudita, los saluda a las carreras aunque con grandes gestos de simpatía y sin apenas permitirles hablar se escabulle por la puerta más cercana, así sea la del baño de hombres de la Universidad.

Poco a poco, las citas para la Mesa grande se van espaciando, luego ya no están invitados los medios de comunicación, después ni siquiera se les informa cuándo se realizan y por último, dejan de aparecer en los periódicos.

Entonces el daño está hecho: el asunto quedó oficialmente empantanado y jamás se resolverá.