El Imitador VI

Offres_Rousseau

“La vida es demasiado corta como para ponerle precio a mi alma”

La mediocridad está predestinada a una vida en la eterna repetición de su muerte. Esas flechas venenosas del resentimiento del débil están condenadas también al olvido del tiempo, implacable, intransigente y pertinaz. ¿Qué pueden los cortos de miras enseñarme a mí más allá de su “cortez”? Y sin embargo el mundo se sostiene desde hace siglos en la imbecilidad de los cortos de miras, impotentes de visión, ciegos espirituales a los que los ciegos fisiológicos nada tienen que envidiar. ¿Qué bien podrían albergar y siquiera donar, desde un corazón corrompido y ofuscado por un egoísmo estrecho, sin pertenecer más que a la ilusión proyectada de una imagen que nunca se realiza? ¡¡Qué cruel destino perseguir una imagen irrealizable!! Y cuánto más cruel el presentar la imagen como la máscara presente, actual y “viva” ante el mundo entero. Pero el mundo nunca ha sido un gran juez sobre ningún asunto, de ahí que los enmascarados hayan logrado enmarañarlo y embarrarlo sin piedad ninguna. ¿Qué hay de claro, qué de oscuro? Nada claro, ni siquiera la luz es clara, ¿quién no queda instantáneamente cegado por la pureza de la luz al mirarla directamente? La verdad, algo perceptible tan solo e inmediatamente por la intuición del “ojo del águila”(o del búho), actúa de la misma manera. No nos valen ya inadecuadas analogías de hermosas y bellísimas doncellas embadurnadas y cubiertas de mantos transparentes. La verdad es un engendro senil e indeterminado, el horror no deja mirar más de 2 segundos seguidos y la intensidad de la “luz” ciega al que mira… lo vuelve un ignorante que se sabe a sí mismo como tal. La duda y la negatividad se ciernen sobre la víctima y lo petrifican. ¿Qué puede sacar a la pobre víctima del sueño de la razón y de la verdad? La sorpresa y la admiración son el primer paso ante la monstruosidad.

¿Qué angustiaba a Rousseau tras su revelación, tras la luz que le abrió los ojos en el sueño de un fugaz desmayo durante un paseo camino a Vincennes? Que no era libre. Toda una filosofía política y moral sustentada en la inseguridad de un espléndido y rapaz individuo, genial escritor, gran entusiasta de la vida, rebelde y algo promiscuo. Rousseau era libre y su propia libertad le angustiaba, temía que los hombres no fueran dignos de la libertad que él quizás sí profesaba y ante tan deplorable posibilidad (plausible, sin duda) colocó su propia imagen como la del “hombre libre y digno de esa libertad”. ¿Pero era libre o no Rousseau? Es una pregunta irrelevante que sim embargo puede transponerse a un ámbito más general: ¿Pero somos libres o no? Esta pregunta obsesionó vivamente a Kant, el peor intérprete de Rousseau de toda la historia (casi peor que la basura que escribió Popper atacando al pobre Girondino de ser el “enemigo de la sociedad abierta”). Rousseau, en realidad, fue el gran romántico de la ilustración francesa (a su pesar). ¿¿¡¡Qué hay más romántico que una revolución!!?? Y todos sabemos, o, más bien se dice, que Rousseau inspiró la revolución francesa (siempre se ha necesitado un chivo expiatorio). Con esto podemos culparle perfecta y legítimamente del holocausto nazi, por supuesto.

Se percibe claramente que este texto no tiene sentido, como tampoco lo tuvieron en su momento ninguno de los libros de Kant (uno tras uno cegaron el ímpetu romántico de Rousseau, esa fuerza francesa que arremetió desde la razón contra la razón, decapitando a Robespierre). Podríamos acusar a Rousseau no solo de haber decapitado a Robespierre, sino del “terror” entero.

¿A caso hay algo más horrible y terrorífico que leer a Rousseau? Constantemente se te plantean contradicciones que lejos de “disolverlas” bajo bonitas definiciones analíticas (Kant) las expone trágicamente. ¿Qué le pasa a la tragedia en Rousseau? Como buen romántico vierte toda esperanza en la teorización y proyección naturalista de una organización política absoluta que logre neutralizar esas contradicciones (que a la vez le funcionan de base). En Rousseau las ciencias y las artes alejan al hombre de la naturaleza y su natural predisposición pura a la “buena” política. Kant lo tergiversó maquiavélicamente. La necesidad Kantiana era un absoluto antropologismo. La naturaleza como un ente más y que encima, es la persona metafísicamente apta para la moralidad. ¿No es sino esa naturaleza que a través de sus mecanismos aparentemente amorales, e incluso inmorales, la que acerca al hombre a las “puertas de la moralidad? ¿A caso no nos recuerda esto a nuestro padre señor, aquel que “inventó” el mal como motor de bien?

Tras estos breves siglos las cuestiones planteadas por ambos nos resultan poco más que irresolubles a los “buenos” filósofos, otros, sin embargo, se conforman en demonizar a Rousseau y plantear soluciones “positivistas”. Basta borrar del campo de juego todo lo que no pase por el filtro de lo validable experimentalmente. Con esto me sumo al aburrido de Kant, me encantaría ver cómo miden la libertad de los pueblos, o la dignidad de la mujer, o la buena intención de Teresa de Calcuta.