El Lenguaje de la Izquierda

Un debate recurrente en la izquierda ha resurgido con fuerza en los últimos tiempos: la cuestión acerca del lenguaje que debe ser utilizado en la acción política de las organizaciones socialistas. Aunque hay posiciones intermedias, las opiniones al respecto podrían concentrarse en dos grandes grupos: de un lado quienes consideran que el continente debe permanecer fundamentalmente inmutable pues, de lo contrario, se traicionaría el contenido; y de otro lado quienes consideran que el envoltorio tiene que lucir atractivo sin miedo a que ello suponga una renuncia al programa de transformación socialista. “Mundo Obrero” publicaba el pasado día 18 de julio el artículo “El continente-contenido de la izquierda y el mutante sentido común”, una interesante reflexión del camarada Jon Hernández a la que quiero realizar unas aportaciones.

El artículo desarrolla sucintamente tres tesis que merecen reflexión:

1.- Sostiene que hubo un tiempo, desde 2008 y hasta fechas recientes, en el que el “sentido común” social apuntaba al capitalismo como el causante de los problemas; y que ese “sentido común” ha cambiado en los últimos meses: el capitalismo ha pasado a ser percibido como un problema periférico, y ahora el grueso de la sociedad sitúa a la corrupción y a la falta de representatividad de los políticos como los elementos nucleares de la crisis. 2.- Que ese cambio de enfoque en el “sentido común”, desplazando el problema hacia la responsabilidad de los representantes públicos, hacen que el mero hecho de haber sido concejal, sindicalista, parlamentario, o incluso militante de un partido o sindicato te sitúe en la vieja política, en lo malo. 3.- Lo anterior le hace concluir que no podemos utilizar un lenguaje y un discurso como el de Podemos (no cita a esta formación pero alude inequívocamente a ella –ya analizamos anteriormente el tabú que existe a este respecto en IU y el PCE-), pues ello haría que la crítica que ejerciese esa futura mayoría social se limitase a abordar problemas de corrupción y falta de representatividad de los políticos, impidiendo así que el “sentido común” llegue alguna vez a situarse en posiciones anticapitalistas.

Es cierto que en el 2008 comenzó a hablarse de nuevo, y en términos críticos, del capitalismo. ¿Fueron las fuerzas de izquierda las que pusieron al capitalismo en el centro del debate? No, o al menos no las fuerzas de izquierda españolas; basta analizar los resultados electorales cosechados en ese año para darnos cuenta de la marginalidad de nuestras posiciones: en España IU había obtenido el 3,77% de los votos en las generales. La triste realidad es que fueron los gestores de la oligarquía financiera mundial quienes llevaron el concepto de capitalismo a las portadas:  Sarkozy (Septiembre de 2008: “el Presidente francés hace un llamamiento para `refundar´ el sistema capitalista”), la Unión Europea (Octubre de 2008: “la UE anuncia un acuerdo para `refundar el capitalismo’”) y Obama (Abril de 2009: “el presidente de EEUU patrocina un nuevo capitalismo prudente e igualitario”).

Los gestores del régimen, sabedores de su ambicioso cometido histórico (preservar el sistema de explotación global), generan continuamente un nuevo lenguaje (“¡refundación del capitalismo!”, “¡regeneración de la democracia!”, “¡flexiguridad laboral!”) para mantener la hegemonía de su discurso y evitar los cambios. Mientras eso sucede, los que combatimos el régimen tenemos grandes reticencias a generar un nuevo lenguaje por miedo a que, cambiando el modo en que trasladamos a la sociedad nuestro mensaje, acabemos traicionando nuestras esencias políticas.

Es paradójico que, habiendo sido los comunistas quienes pusieron más sangre en las luchas por acercar a España a la democracia, en la lucha por los derechos civiles, o en la lucha por la construcción de un Estado de Derecho, hayamos regalado al enemigo, sin resistencia y casi despreciándolos, el uso de todos estos conceptos (“democracia”, “Estado de Derecho”, “ciudadanía”, “España”…).

El resultado de esta maniobra continua del régimen es lograr lucir renovado pese a toda su putrefacción, apoderándose de los términos más jugosos; mientras que quienes pretendemos traer la renovación somos percibidos, por nuestro inmovilismo en el lenguaje, como lo viejo.

Mientras el análisis y las tesis marxistas-leninistas conservan su vigencia, su simbología tradicional corre por contra una suerte desigual: una parte importante de sus símbolos clásicos siguen en uso pleno y tienen calado popular (así, el “paz, pan y tierra” de 1917 sigue siendo de invocación exitosa como “pan, techo y trabajo” en 2014), y otros continentes han requerido y requieren ser reformulados para evitar el rechazo de la mayoría social (“dictadura del proletariado”, término que a ese “sentido común” le puede evocar totalitarismo, lleva siendo sistemáticamente reemplazado por expresiones que, aunque más imprecisas, pueden ser intercambiables en aras a generar adhesiones). Esta evolución en el lenguaje es sensata y acorde a la estrategia de construir un bloque social y político alternativo lo más amplio posible, sin miedo a que ello suponga una traición al contenido.

Sentado lo anterior: el problema de la izquierda española, ese problema que hace que se nos identifique con la vieja política, ¿es un problema sólo de lenguaje? ¿Nos perciben como parte de lo viejo sólo por la forma en la que decimos lo que decimos? ¿Cambiando “burguesía” por “casta”, pasaremos ya a ser lo nuevo? Por desgracia no: el problema de la izquierda española es de mayor calado y tiene que ver, fundamentalmente, con la excesiva institucionalización de nuestra acción política y por dejar de ser movimiento político y social para convertirnos cada vez más en maquinaria electoral. Avancemos en cuestión simbólica pero no pensemos que con ello conseguiremos, sin más, que nuestro mensaje persuada a una mayoría social: las claves que podrán acercanos a la victoria serán nuestras posiciones políticas rupturistas, nuestra ejemplaridad como representantes de los intereses públicos, y la capacidad de mostrarnos como una alternativa democrática a la dictadura que ejercen los gestores del régimen.

Antonio Giganto.