EL MICRO PAÍS. LA BANCA.

Supongamos que formamos parte de un país muy pequeño, de veinte nacionales, pero que cuenta con todas las instituciones públicas y privadas que serían parte de un gran Estado al estilo occidental.

 

En el banco de nuestro micro país, dieciocho ciudadanos han ingresado un euro cada uno. El banco tiene dieciocho euros que custodiar (cobrando al cliente por esta labor) y con los que invertir y generar ingresos para su negocio. Así funciona la banca. Los depositantes, los ciudadanos, los clientes en definitiva, van demandando al banco fracciones de ese euro periódicamente para afrontar los gastos de consumo o de cualquier otro tipo que van generando. Así, “sacan” del banco un céntimo para abonar el recibo de la luz, dos céntimos para comprarse una bicicleta, o un céntimo y  medio para costear las medicinas que requiere su proceso gripal. El banco por su parte genera ingresos propios mediante inversiones financieras, o no financieras, sustentadas por las imposiciones de los clientes y en el caso de nuestro banco tiene en sus fondos, derivados de las operaciones citadas, aquellos dieciocho euros más cuatro de beneficios obtenidos, es decir veintidós. Si todos los clientes decidieran recuperar el total de su dinero al unísono, el banco se quedaría con los cuatro euros de beneficio que logró a través de sus inversiones y tendría que prescindir de los dieciocho ingresados por los ciudadanos puesto que habría de reintegrárselos. El banco en esta situación probablemente debería cerrar por cese de negocio pero otro ocuparía su lugar si no hubiese sucedido ya. No obstante el sistema económico continuaría en orden puesto que cada uno tendría su dinero a salvo y el negocio financiero hubiera seguido su curso con la irrupción en el mercado de otro u otros bancos.

Sin embargo supongamos que el presidente del banco, el ciudadano número diecinueve, se percató en un momento determinado, a través del estudio de la experiencia bancaria, que resultaría casi imposible que los dieciocho ciudadanos fueran a reclamar su euro de manera simultánea, toda vez que normalmente estos disponen de pequeñas cantidades con las que pagar sus gastos y el sobrante, si existe, lo dedican al ahorro dejándolo ingresado en el propio banco. Además el ciclo de ingresos particulares se repetía sistemáticamente mes a mes por lo general y la rueda giraba continuamente en ese sentido. Consciente de esta “realidad” el presidente del banco entendería la existencia de una buena forma de convertirse en una persona rica: disponer para sí del dinero de los beneficios bancarios y de una parte del dinero ingresado por los clientes, teniendo en consideración, como he dicho, que estos últimos jamás solicitarían sus fondos a la misma vez y que con lo que dejaba en caja daba suficiente para el funcionamiento del banco como empresa. Es decir, si el mantenimiento de la empresa bancaria de nuestro micro país suponía un total de tres euros y los clientes retiraban poco a poco su dinero, volviendo a ingresar cada mes, y además les sobraba algo para ahorrar que quedaba dentro del banco, resultaba que la suma de los gastos empresariales más la retirada de fondos por parte de los clientes significaba un total de, pongamos, catorce euros. Esta cantidad es la que el banco requería para funcionar debidamente cubriendo sus necesidades de funcionamiento y cumpliendo con los clientes en cuanto a disposición de efectivo. El banco, sin embargo, tenía veintidós euros en su haber. “Sobraban”, pues, ocho. Casi la mitad de la renta de todos los ciudadanos del país. El astuto presidente decidió de inmediato que para convertirse en un ser aplastantemente rico y tener a su disposición a todo el país, dado que el dinero proporciona bienes pero también poder, debía apropiarse para su disfrute de aquellos ocho euros “sobrantes”, dejando en el banco, eso sí, dos de aquellos ocho euros para inversiones, quedándose en definitiva con seis cada mes. Todo encajaba teniendo en consideración que el funcionamiento normal del banco y las necesidades de los clientes, como ya se ha dicho, estaban cubiertas según el orden “normal” de las cosas hasta el momento. Ufano, se jactó de que esta maniobra le convertiría en la persona más rica del país y por tanto en la más poderosa. Como ya se habrá deducido, este dinero con el que pretendía quedarse el banquero, además del que ya percibía por su salario, no era suyo sino que pertenecía a los depositantes, los ciudadanos, y a la propia empresa bancaria, con lo cual estaba transfiriendo ilícitamente a su patrimonio el dinero que los demás consiguieron mediante su trabajo y esfuerzo. Es decir que, coloquialmente, estaba robando a sus clientes y a su empresa, cogiendo el dinero de ambos en la confianza de que si todo continuaba igual jamás nadie se daría cuenta de su apropiación, al  seguir dando a los clientes sin problemas el dinero que iban necesitando y dejando en la empresa algunos fondos para que continuara generando ingresos. Todos contentos. Era necesario para mantener la apariencia de normalidad falsear las cuentas del banco y, sin dudarlo, así se hizo. Para ello debía contar con la connivencia del empleado del banco, al que enroló en su barco a cambio de proporcionarle algunos céntimos fruto del saqueo, quien se encargó de realizar una contabilidad falsa que arrojaba unos números absolutamente irreales en cuanto a la capacidad económica del banco, es decir, los euros “sobrantes” que estaban siendo sustraídos figuraban debidamente en las cuentas de la empresa. Y de paso se añadían algunos más, convenientemente inventados. Si hubiera sido un país grande, de esta tarea se habrían encargado las empresas internacionales de auditoría.

Pero hete aquí, que un mal día las cosas a nivel internacional comenzaron a ir mal. Otros banqueros que, como él, habían aprovechado su posición para enriquecerse con el dinero de los demás, cayeron en la exageración y en la avaricia desmedida (lo cierto es que toda avaricia es desmedida) así como en la mala gestión, en el descuido, en el exceso de confianza, y habían tenido problemas para prolongar sus fechorías: a algunos les habían pillado in fraganti y a otros sencillamente se les hundió el negocio al pretender acaparar más de lo que daba el ardid. Por último otro grupo de banqueros gestionó tan mal su estructura que acabó por hacer inviable al banco como empresa. En un sistema financiero mundial interconectado, aquellos fracasos repercutieron en todos los sistemas financieros locales y nuestro presidente no fue una excepción. La noticia corrió como la pólvora y la gente se asustó, de modo que comenzaron a reclamar su dinero. Por su parte los bancos, incluido el de nuestro micro país, también se alarmaron y decidieron enrocarse en su estructura cesando en la concesión de crédito, limitando las inversiones y revisando sus cuentas, todo para gastar menos y recuperar liquidez con la que camuflar sus cuentas falsas, no fuera que les sorprendieran igualmente a ellos con las manos en la masa. La cesión en la concesión de crédito, planeada hasta que escampara, generó problemas de liquidez en el mercado, toda vez que el sistema  capitalista en el que se movía y mueve nuestro micro país requiere de crédito para su funcionamiento. La cosa se ponía fea, había menos imposiciones por falta de trabajo a consecuencia de la escasez de liquidez y todos empezaban a querer disponer de sus ahorros. Aquellos dieciocho euros que se ingresaban religiosamente el banco estaban comenzando a reducirse. Si todo continuaba igual no tardarían mucho en darse cuenta de las maniobras de nuestro banquero y su modo de vida podía irse a pique. Bien, la solución podría haber pasado por conceder crédito pero ¿con qué dinero? Las arcas bancarias habían sido saqueadas por sus propios gestores y mucho del ahorro había sido retirado, además las inversiones reales se habían reducido drásticamente y la posibilidad de generar ingresos estaba seriamente mermada.

Se comenzó un período de revisión de la estructura bancaria, alarmados todos los agentes sociales (alarmados únicamente por su propio interés: las masas se impacientaban y algunos poderes económicos con riesgo de caer presionaban) y nuestro banquero no quedó exento de esta fiscalización. Así resultó que finalmente salió a la luz su latrocinio y funesta gestión. El banco tenía un agujero contable de proporciones inmanejables: estaba abocado a la quiebra.

No obstante el presidente había acumulado un gran poder durante esos años, únicamente porque contaba con el dinero suficiente para tenerlo, y había cosechado fenomenales relaciones con el resto de poderosos de su ámbito de actuación así como con el poder político, con el que había generado una red de favores económicos (financiación electoral, clientelismos varios, enchufismo, etc) Resultó que el poder tenía un problema y que ellos mismos eran los únicos que podían solucionarlo puesto que desde el poder sólo se toleran los cambios cuando proviene de él mismo, tanto en cuestiones sociales como económicas y políticas. Son los poderosos quienes están en posición de disponer qué, cómo y cuándo, suceden las cosas en el mundo. Tramaron, en esta coyuntura, un plan lampedusiano para cambiar todo al objeto de que continuara exactamente igual. Nadie quería abandonar su posición privilegiada. El poder político, como parte de la  oligarquía a la que se sometía, sería el encargado de transmitir a los ciudadandos un mensaje claro y tan firme como falso: las cosas se habían torcido financieramente por motivos ajenos al poder, casi por designio divino, y ante esta situación debían todos hacer un esfuerzo y entender que el sistema financiero no podía caer al abismo so pena de perder todos su dinero. De paso, otras esferas de poder empresarial pidieron, viviendo el momento, que dado que se les iba a comunicar a los ciudadanos este mal “divino”, se aprovechase para rebajar los derechos de trabajadores y ciudadanos al objeto de que parte de sus rentas revertiesen  en el poder y se les limitase la capacidad de incordiar y entorpecer a las altas esferas, todo ello so pretexto de que el designio divino lo exigía y, además, de que cabía la posibilidad de que los propios trabajadores y ciudadanos fueran co culpables del mal dada su insana ambición proletaria. Esto debía decírseles. A todos los poderosos les pareció bien puesto que a todo el poder afectaba esta inteligente medida. Los ciudadanos poco formados en estas lides asumieron a regañadientes la teoría, pero la asumieron. Les volvieron a engañar por tanto. Tras ese mensaje, la segunda fase del plan consistía en tapar los agujeros que habían generado los gestores bancarios, casi siempre en camarilla con el resto de poderes económicos y políticos. Pero ¿de dónde sacar el dinero sin merma de sus propias posesiones? Naturalmente del ignorante ciudadano, al que ya se había robado previamente, ¡no cabía pensar que saliese de los bolsillos de los poderosos, hasta ahí podríamos llegar! Un doble robo plenamente justificado en la teoría: el crimen perfecto. El poder político, ciudadano número veinte, al servicio del económico a cambio de configurarse como uno más de “ellos”, respetando el plan urdido, tiró de caja pública, es decir del dinero que los ciudadanos habían pagado a través de impuestos para la correcta gestión de su Estado y recepción de servicios públicos, y lo transfirió a nuestro presidente para que saneara las cuentas de su entidad financiera. Estaban todos encantados, principalmente el banquero. Había robado dos veces a los ciudadanos y todo volvía ser como antes, o incluso mejor puesto que ahora contaba con el dinero del latrocinio original y con algo más que había percibido de las arcas públicas.

Esperaron los poderos, el presidente también,  un tiempo, eso sí, disimulando y silbando como si no pasara nada. Fingiendo penurias y llorando lágrimas de cocodrilo. Pero el plan continuaba su curso y en un tiempo prudencial volverían a reanudar sus actos como si nada hubiera pasado, gozando de su posición privilegiada al margen de cualquier norma establecida, salvo las del dinero.

¿Y qué fue de los dieciocho ciudadanos? Uno de ellos era el empleado del banco: se le protegió para que no cantara. Otro era un gran empresario, formaba parte del poder y obtuvo sus beneficios en el sentido de sus peticiones. Otro era un pequeño empresario que no formaba parte del ámbito de los poderosos y siguió la misma suerte que el resto de los ciudadanos. Los demás capearon el temporal, esperaron mejores tiempos y malvivieron durante una época, al fin y al cabo no tenían medios, poder ni conocimientos para intervenir y sus fuerza estaban mermadas. Cuando casi llegaron al hartazgo, el poder abrió ligeramente la mano y les volvió a conceder unas migajas, aplacándoles y evitando cualquier tipo de revuelta: al fin y al cabo casi todos se conformaban con una familia, una casa y un trabajo con el que subsistir, era fácil complacerles. Pero para ellos, trabajadores y ciudadanos, saqueados y ninguneados, ridiculizados al fin, nada volvió a ser como antes. Ahora eran más pobres y tenían menos derechos que ejercitar, menos medios para hacer valer su dignidad humana. Además, habían mutado durante al proceso cayendo víctimas insalvables de la indefensión aprendida proclamada por Pavlov, presos del miedo y de la necesidad.