Ironías de un optimismo irracional: la actualidad de Voltaire

La reflexión que hoy proponemos se fraguó hace un par de días en un sencillo y rutinario (plagado de gente “arrutinada”) viaje en el subterráneo metro de la capital. Mi mente divagaba por diversos cauces que buscaban conclusiones, algunas las encontraba. Otras no. Cuando, de seguido, un hombre de mediana edad muy desmejorado, con las ropas totalmente estropeadas, sin calzado y encarnando un grito ensordecedor, pedía ayuda porque no tenía qué comer, qué vestir ni cómo, en definitiva, vivir. La gente se comenzaba a mirar cómplice y a la vez ignorante. Las miradas de ojos entreabiertos que de reojo, intentaban evitar la situación y que, indudablemente, se reprimían por expresar claramente: que pare ya. Que pare ya.

El hombre no paró de gritar entre sollozos, lágrimas secadas por el cansancio, hasta llegar a la siguiente parada en la que rápidamente se apeaba de aquel vagón para intentarlo de nuevo en el posterior. Justo en ese mismo instante, una pareja joven de unos veinte años lo esquivaba a la entrada del vagón para entrar cómodamente y sin rozarse con semejante personaje, obligado a ser pobre. Mi cabeza daba tumbos, vueltas sin parar entre ignorancia, frialdad, sentimientos de culpabilidad, rabia. Y esa pareja solo reía, se besaba, y volvía a reír, sin más preámbulo que haber conseguido, afortunadamente, esquivar a aquel indigente. La imagen de ese espacio en el que me encontraba se había transformado por la entrada y salida de los viajantes nocturnos, a excepción de tres personas que continuaban en los asientos de enfrente y que andaban ensimismados en el móvil, unos cascos o la mirada perdida en el túnel negro que cubría de incertidumbre el tren que buscaba algún destino. Ya no oíamos los gritos del hombre, ni olíamos sus ropas sucias, ni observábamos sus pies desnudos, sucios y estropeados. Se acabó la pobreza. Se acabó el hambre y la desesperación. Se acabó porque en ese tren ya no estaba.

Esta escena no fue puntual. Común a nuestra vida diaria, nos han intentado crear una burbuja de imágenes cómodas vacías de terror, de gritos, de oscuridad que venga provocada por el sistema que las ha creado y que ahora, como un frisbee, regresan por los caminos más bajos, por los silenciados. Rápidamente me vino a la mente el cercano mundial de Brasil y la marginalidad que están sufriendo los seres humanos que rodean las instalaciones o que, sencillamente, alzan la voz contra un sistema que levanta campos de fútbol y destruye poblaciones. ¿Nos hemos convertido en “empiristas de la imagen más cómoda”? ¿Creemos solo aquello que vemos (“es cierto porque ha salido en la tele”) y que, además, no nos produce altibajos en la conciencia? Si el hombre bajaba del vagón, ¿ya no existía la desesperación en ese espacio donde me encontraba?

Un 30 de mayo de 1778 fallecía el escritor, crítico y filósofo Voltaire. A sus espaldas, una vida repleta de reflexiones y unas reflexiones que desprendían vida. Base de la posterior Revolución Francesa y discípulo de los idealismos que comenzaron a constituirse en el siglo XVI, su mérito consistió, junto con el resto de intelectuales que apoyaron el progreso humano (Diderot, D’Alembert, Rousseau…) en poner en tela de juicio, y sin dudarlo, un sistema retrógrado y conservador que no avanzaba junto a la población sino que la anulaba una y otra vez en base a argumentos banales apoyados en el “derecho divino”.

En una de sus obras más legendarias de la historia del pensamiento, “Cándido o el optimismo“, Voltaire encarna a un filósofo en la piel de un doctor que dice creer firmemente que este mundo en el que vivimos es el “mejor de los mundos” porque Dios creó al hombre y de todos los mundos posibles eligió el mejor de los mundos posibles. En contraposición a este personaje, Voltaire crea a Cándido, un ser humano dudoso y con una intención bastante crítica. ¿Cómo es posible que habiéndose adueñado el mal de este mundo me digas que vivimos en el mejor de los mundos posibles?, planteaba este. A lo que el doctor le contesta una y otra vez con ejemplos lineales, sin argumentos sólidos, una lista de hechos que justifican “lo injustificable”. Al final, el lector cae en la cuenta de que el doctor es un miserable porque está destinado a justificar siempre lo injustificable.

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Con esta obra, Voltaire no consigue otro efecto que la irritación de la gente, la ruptura de la conciencia inmóvil, el movimiento de ideas: la revolución de pensamiento que, más tarde, conllevaría las grandes revoluciones encarnadas por las grandes masas que habían concluido, por fin, en un sentido de la lucha por ellos mismos, por lo que ellos mismos querían llegar a ser y no por ser lo que alguien le dictara desde un lugar superior.

A partir de ese momento, con la llegada de la Ilustración y la destrucción de la monarquía francesa, el hombre se dijo: “quiero pensar por mí mismo, nadie tiene que decirme lo que tengo que hacer”. La clase burguesa tomaba el mando de la política y el sistema se amplió hasta las capas más bajas. La nobleza ya no tenía el único derecho para acceder a la riqueza porque Dios ya no estaba encima de nadie. La República declaraba, de este modo, a todos como iguales.

Sin embargo, el desarrollo y la evolución despiadada e incontrolada del capitalismo ha convertido este furor de superación del ser humano en simple demagogia verbal que, como un discurso construimos en nuestras mentes pero que, realmente, no existe en la actualidad. O acaso, ¿la democracia continúa por encima de la economía? ¿Acaso la prioridad de los países más desarrollados es conseguir la igualdad mundial (en aras de desarrollarnos como especie y no limitarnos entre fronteras)? ¿Acaso ese hombre desesperado del metro, como los tantísimos que cada día nos cruzamos, lloran y desesperan por capricho?

Voltaire consiguió ser una base fundamental para el pensamiento occidental del siglo XVIII y hasta la actualidad que, admirado junto a los demás ilustrados, aún tiene tanto que decirnos. Porque no sabemos si la historia se repite, si los errores no impiden tropezar con piedras aún más grandes, aún más gruesas. Pero sí podemos afirmar, sin duda, que la revolución y el cambio provienen de la mente, del cambio de conciencia, del momento en que un ser humano ve pasar estas palabras entre sus ideas: no vivimos en el mejor de los mundos posibles, aunque algunos sí que lo hacen, con la absurda condición de que otros muchos vivamos en el peor de los mundos posibles. Cándido y sus cuestionamientos no murieron en el siglo XVIII, ni toda la ironía plagada de reflexiones que Voltaire nos dejaba en todos sus escritos.

Admirable y de gran actualidad fue la labor de los intelectuales que hoy en día observamos en grandes como Sampedro, que hace poco nos soplaba sus últimos consejos para remover la mente de un lado a otro. Para ir hacia ese mundo que nos decía no era posible, sino seguro.

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