La invención del árabe holográfico

Por Uriel Kon (*)

Jerusalén

 

Casi nulas son tus ganas de trabajar cuando al salir a la calle, la mañana comienza de la siguiente manera: familia caminando con nene y nena de 4 y 5 años vistiendo una remera militar con el escudo, gigante, del ejército de Israel. Enuncio para mis adentros el absurdo: Nenes vistiendo remeras de un ejército; nenes vistiendo remeras de un ejército que está masacrando.

Político dice en la Radio: “permitámosle al ejército ganar. Ya no queda individuo alguno en el país que se oponga a nuestra misión”. Leo: “Soldado promovido de rango después de muerto”. Soldado vivo dice de manera exultante: “ayer en Gaza, transformamos barrios enteros en arena”.

Leve sensación de pudor: al hacerse casi imposible hablar con terceros, al sonar las descripciones del día a día tan repetidas, al pasar los días de trabajo en soledad, no queda otra que remitirse un poco al yo. ¡Oh, no! Cuánto nos habremos mofado lectores y editores de la escritura autorreferencial y de las “bildungs” crónicas moralizantes. ¡Cuántos relatos en primera persona habremos volatilizado en asados!

Irrumpe un pensamiento numérico: según una estadística de ayer, el 87 por ciento de la población israelí apoya la guerra, “a fondo”. Nunca fui bueno en asuntos matemáticos, aunque obviamente no tengo problema en calcular que a grandes rasgos, un 13 por ciento de los israelíes se opone al derramamiento de sangre. Mi problema comienza al tener en cuenta que un 25 por ciento de la población local es árabe-israelí y que en su totalidad condena las masacres. ¿Cómo calcular, entonces, según este último dato, y teniendo en cuenta que los árabes-israelíes entran en la estadística, el porcentaje exacto de israelíes no árabes -la gente junto a la cual vivo- que condena la guerra? ¿Cómo calcular la cantidad potencial de gente con la cual podría mantener una charla amena?

Haciendo un esfuerzo, llego a la conclusión de que tal porcentaje se halla entre el 1 y el 8 por ciento. Siendo benevolente con la población israelí no árabe, estimo que un 5 por ciento de ella se opone a la guerra, porcentaje que se traduciría a diez individuos (10) por cada 200 personas. Me pregunto: ¿cómo encontrar a ese individuo entre los transeúntes? La posibilidad de localizarlo se complica aun mas, al caer en la cuenta de que gran parte de los objetores prefiere aislarse para no ser agredido, o bien callar o esconderse.

La inquietud crece al recordar que Jerusalén es en su gran mayoría una ciudad de extrema derecha. Tal dato aleja a mi individuo salvador de manera casi desoladora. Calculo, finalmente, que un individuo israelí de Jerusalén de cada mil o dos mil se opone a la masacre. Quizás uno en cinco mil. Pienso que encontrarlo seria más difícil que localizar a los padres de un chico perdido en la cumbre de la temporada alta de Ipanema.

Tendría que haber viajado a Tel-Aviv por trabajo, pero la desidia es tal que prefiero urdir algún plan para estar a gusto y activar en el trabajo: escribir la contratapa de un libro de Sergio Bizzio próximo a salir y promocionar una novela de Gertrud Kolmar, que quizás paradójicamente, es el texto de una escritora judía, escrito en Berlín en 1943, cuando confinada en su ciudad ya no podía abandonarla.

Parado en barrio judeo-israelí, pienso que estoy en medio de una jungla fascista. Recuerdo aquel pánico inexplicable que había sentido durante la lectura de Las aventuras de Barbaverde de Cesar Aira, cuando un ejército de Barbies autómatas planeaba conquistar el mundo. Camino e imagino un soundtrack para mis pasos: primero, aprovechando la confusión generada por la letra de The Cure inspirada en El extranjero de Camus, escucho “Killing an Arab”. Después, observo la jungla fascista e imagino a los muertos reencarnados en el videoclip de Thriller.

Pasan dos señoras con sendas bolsas de un local de comida orgánica. Pienso: quizás los visitantes no se den cuenta de la bestialidad de esta sociedad, ya que se trata en parte de un racismo “orgánico”, “natural”. Un total desprecio por el árabe acompañado de tofu producido en los territorios ocupados y de cítricos cultivados en campos confiscados a los árabes por el estado.

Quizás los visitantes no sepan de los “guardias del acento” -policías y voluntarios civiles ubicados en las paradas de colectivos que se encargan de localizar tonadas árabes en los pasajeros, para demorarlos o impedir que viajen libremente. Quizás no hayan visto la manera en que el árabe es mirado en la ciudad. Los amantes de la llamada “democracia israelí” quizás no sepan del terror que sienten los árabes al circular por Jerusalén occidental, ni saben que por miedo a ir a los cafés, muchos árabes se limitan a reunirse en estaciones de servicio, o en zonas industriales alejadas -preparados para ser detenidos o increpados, por el solo hecho de estar.

El visitante no sabe que gran parte de la población israelí inmigrante ve cosas, que es testigo de aberraciones, y que a cambio de derechos civiles es obligada a callar, a ser cómplice pasivo o activo de una política, y un día a día criminal. Pierdo la tranquilidad que lograba retener gracias a la semi-vigilia mañanera. Caigo como a través de un embudo, en la desgracia de nuestra realidad.

En el preciso instante en que un auto me toca bocina, acude la idea: buscar un refugio para pasar el día y trabajar. Un lugar seguro. Ir a Jerusalén Oriental.

Los primeros dos taxis se niegan a llevarme; cierro la puerta y busco otro. El tercero accede. Promediando el viaje, observo que el taxi se desvía. Me dice que prefiere dejarme a unas cuadras de la calle árabe de Saladino, y no en el lugar en si. Le pregunto al chofer: “¿Por el tráfico?” Contesta con una media sonrisa: “Por los Árabes”. Portazo y a la calle.

La calle de Saladino está desierta por motivo de la festividad de Eid al-Fitr. Pienso que en Jerusalén oriental caen las estadísticas sobre la guerra. ¿Por qué? 390.000 árabes jerosolimitanos (que conforman el 39 por ciento total de la población) no cuentan, ya que no tienen derecho a voto en las elecciones nacionales, solo en las municipales. Por más que hayan nacido y crecido en Jerusalén, los árabes son residentes, pero no poseen un documento de identidad verdadero. Se tienen que conformar e incluso agradecer al israelí por otorgarle una cédula azul limitada. Pagan impuestos pero no se les recoge la basura (es por eso que son catalogados de sucios por sus conciudadanos). Además, no les llega el transporte público, ni suficiente alumbrado público, ni pueden expresarse plenamente; se podría decir que tienen identidad pero no documento.

Pasan ahora pequeños grupos de gente. Se trata de hologramas: los veo pero la ley dice que no existen verdaderamente. Nacieron y crecieron, pero son como plantas silvestres, intrusas. Los jardineros municipales querrán extirparlas para mayor confort de las plantas oficiales.

Pienso: en el contexto colonial, a los árabes locales siempre les ha costado ser algo fuera de escenografías mudas. Recuerdo ahora un sinnúmero de relatos de peregrinos y turistas europeos y norteamericanos a Jerusalén -durante la segunda mitad del siglo 19 y la primera mitad del siglo 20- incluidos autores como Flaubert, Twain, Dickens, Chateaubriand: casi siempre el árabe aparece descripto como parte del fondo de una pintura agreste, o como relleno de composiciones pictórico-religiosas. Me pregunto si desde tiempos inmemoriales, el árabe tridimensional constituye, como hoy, tal amenaza diabólica.

Alegoría: el café “Europe” está cerrado. Sigo, el café Fairuz, cerrado. El café Azah’ra, cerrado. Lo mismo el café ubicado en la librería “Educational Bookshop”.

Decido pasar el día e intentar trabajar en uno de esos cafés de dos hoteles, el National y el Sain’t George. Ambos con terraza en su piso superior, que balconea a esta porción de ciudad.

Pido café. Sirven café de filtro de hoteles. Pido uno y luego otro. Estoy cerca, pero lejos de la ciudad tomada por los autómatas. Justamente me encuentro en la porción de la Jerusalén tomada, pero la cautiva parece la otra, la mía.

Los cafés con sus terrazas están llenos. Los israelíes pensaran que acá te linchan, que de acá salen túneles que confluyen en Tel-Aviv. Y que los túneles son ciudades subterráneas creadas de la nada, por las fuerzas del mal supremo.

A mi alrededor palestinos charlan y sonríen, toman limonadas, cafés, helados, club sándwiches, fuman Shisha. Tanto religiosos como laicos, mujeres, hombres y adolescentes. Mucha azúcar, muchas calorías, eso si, pero ¿desde cuándo el consumo de calorías debe ser condenado con el no derecho a voto? ¿Desde cuándo masacrados por tal motivo? ¿Desde cuándo convertidos en arena? ¿Desde cuándo encerrados detrás de murallas, revisados y humillados hasta la médula en aeropuertos? ¿Desde cuándo amerita que el exceso de calorías y la resistencia a esta opresión avasallante que lleva 50 años, traiga como consecuencia la casi completa supresión de servicios municipales, la negativa a construirles escuelas, jardines de infantes, de cuidar su vegetación? ¿Y desde cuando es políticamente correcto que estos seres humanos tomando milkshakes y leyendo diarios sean anulados de tal manera del quehacer local, y considerados como “peligro demográfico”?

Pienso: por lo menos se las fueron arreglando para seguir viviendo, quizás a espaldas del mundo. Mientras la sociedad israelí disputa con sus líderes fascistas -quien quiere más guerra, más destrucción, más ataques a inocentes sin fecha de vencimiento- esta gente sigue respirando a ultranza. Respirando sin esperanza alguna de que el terror instaurado por el dominio israelí, llegue a su fin.

La música de fondo en la terraza del café no es gran cosa: un coctel de pop árabe y de pop americano a volumen generoso. Bastante ruido, bastantes cosas que observar entre gente diferente y paisaje semi urbano. Sin embargo tengo la impresión o la certeza de que al terminar de escribir esta cosa, pueda por fin, por un rato por lo menos, ponerme a trabajar.+ (PE)

 

(*) Arquitecto judío argentino residente en Jerusalén. De joven se estableció en un Kibbutz (Alumot) en Israel. Graduado en la Academia Bezalel de Arte con una maestría en Arquitectura y Urbanismo en el Technion. Dirige una editorial independiente. Ha publicando la mayor parte de los libros de narrativa latinoamericana en traducciones al hebreo. Fue productor y director musical de jazz y series de nueva música en Jerusalén, como The Vanguard, The Chef Sueco, y Jerusalén Sesiones de Jazz.

 

SN 0575/14