LOS SUEÑOS Y LA EXPERIENCIA DE LA VIDA

Curiosamente, no se si por la edad, estoy pasando por una temporada de sueños que aunque lo concilio, no sin alguna dificultad, como suele ser (y ya lo he expresado en capítulos anteriores), el meterse en las tertulias televisadas con la tensión que ello produce, la fase REM profunda y que suele partirse en dos y a veces en tres, siempre es coincidente, y lo recuerdo inmediatamente en la vigilia, con la vida anterior, muy anterior, de mi juventud y de mis padres muy en particular.

Allí revivo y vivo nuevas experiencias en calles desconocidas y en rutas que a veces reconozco alguna casa y me reencuentro con mi esposa y especialmente en situación de angustia, de encontronazos con viejos amigos, en desorientaciones al regresar al hotel, donde al entrar en la habitación no es la mía, o me he olvidado del pasaje o de la ficha o llave del hotel y vuelo a consejería… todo ello de forma muy confusa y a veces cuando de alguna riña o agresión se trata en que me he defendido, despierto dando un golpe a la cama.

También es recurrente la pesadilla de los Tribunales de Justicia e informes ante las Salas, especialmente de lo penal y también civil y contencioso administrativo y enfrentamientos con los Jueces y Magistrados de toda una vida de abogado ejerciente de más de cincuenta años, habiendo obtenido la medalla correspondiente del mérito profesional de platino de los cincuenta años en ejercicio en la abogacía en un acto solemne que se celebró en Mayo de 2010, que resultó un éxito personal y fue prácticamente mi despedida.

Cuando corro en sueños no me molestan para nada los pies ni noto cansancio ninguno ni fibrosis, ni reumatismo, ni pies planos, ni siquiera ahogos o extrasístoles, sino que duermo como las malvas (y más vale no hablar de “malvas” a estas edades)

Pero lo que quiero resaltar en esta reflexión es en primer lugar mi rectitud incluso en los sueños, mi buen hacer en caso de discusión grave o agresión, en legítima defensa en que nunca puedo alcanzar al adversario y sobre todo que se refiere a épocas muy antiguas de mi vida.

Da la impresión, y a veces me ocurre, en la vigilia cuando estoy contando esto y otras vivencias, que a estas alturas de la vida, aproximadamente a la octava década (que suena mejor que ochenta años a uno vista, y esto es lo único “reciente y nuevo”) el pasado se compartimenta en épocas y décadas, como si se sobrepusiesen todas las experiencias vividas hasta hoy, permaneciendo el “yo”, es decir la personalidad aunque enriquecida con la gran experiencia de la vida, que es como se ha dicho, la gran Universidad.

Porque lo difícil no es vivir, que también, sino “saber vivir” tratando de extraer de este tránsito breve lo mejor que se puede que es en definitiva compaginar la salud con el buen hacer y con el amor y el trato afable y caballeroso con los demás, en definitiva las buenas obras, parodiando la máxima cristiana de “obras son amores y no buenas razones”.

Pues bien, paréceme a mí que en la lejana infancia en la calle de la Noria se trataba de otro niño distinto, sano y regordete, pues conservo fotografías que me hacen revivir aquella época en que ya se iniciaba una sutil memoria entre los tres y cuatro años.

Después de aquella época del barranco de Santos, la calle pavimentada con callaos de mar con la vertiente al centro, aquellos álamos con casas terreras, el descenso hacia el barranco enorme a través de huertas y caminitos, los mosquitos, los alacranes, etc.

Otra época que se superpone es la de cambiar de casa viniendo a vivir a La Laguna, en la casa antigua histórica de la Calle Bencomo, esquina a Tabares de Cala, que mis padres tuvieron que arreglar, reformar y mejorar para poder hacerla habitable y que además se conserva en la actualidad, en la planta alta, la planta noble y salón como en vida de mis padres en que por cierto mi madre que era una artista, diseñó la puerta con arco de medio punto y barrotes todos de tea encristalada que tomó como modelo las dos puertas muy parecidas de la Iglesia antigua de Santo Domingo, en La Orotava, que he tenido ocasión de reconocer recientemente hasta el más mínimo detalle, hoy convertido en museo en unión de otro inmueble por lo que la calle transversal se llama de “Los Museos”.

Otra fase de mi vida fue el Colegio Nava La Salle, la Iglesia de San Agustín quemada en 1964 y que continúa en el mismo estado de absoluta ruina pese a haberse hecho una cuestación pública por el obispo en que aportaron todos los vecinos pequeñas cantidades dinerarias que ascendían a tres millones de pesetas de la época y que sin embargo el obispo a la sazón, el redentorista Fray Luís Franco Cascón, invirtió nada menos que en la obra faraónica del nuevo Seminario Diocesano que recuerda un poco al “Escorial” de La Laguna, precisamente cuando las vocaciones sacerdotales caían vertiginosamente.

La época de bachillerato en Santa Cruz la recuerdo con gran cariño, los siete cursos en el Colegio de San Ildefonso La Salle, que vimos construir poco a poco, salvo la casa chalé que se conservó y que por cierto ofrecieron a mi padre, la casa y solar, por la cantidad considerable entonces de ciento veinticinco mil pesetas, que por supuesto no pudo adquirir.

Allí pasé los mejores años de mi adolescencia pese a la dureza y disciplina de los estudios que prácticamente con los exámenes de Estado (Plan de 1938) constituían poco más que una Licenciatura o Grado de hoy día, pues era un conocimiento enciclopédico y había que pasar la prueba de Universidad, la temida Reválida, con preguntas trampas que hacían algunos catedráticos insignes.

Posteriormente otra nueva etapa fue la universitaria, empezando en la vieja Universidad de la Casa de Lercaro, hoy Museo de la Historia, y de allí pasamos a la nueva Facultad principal que dejaba mucho que merecer aunque era imponente el hall principal, la escalera y el salón de actos, recientemente restaurado como gran teatro, el Paraninfo, con grandes condiciones acústicas en que siempre leía el Secretario General, el Dr. Eulogio A. Villaverde Moris, la memoria del curso anterior y que solía presidir un Ministro del Gobierno, en algunas ocasiones nada menos que el Ministro de Educación D. Joaquín Ruiz Jiménez (y que anteriormente se celebraba en el viejo Paraninfo del Instituto de Canarias, hoy Cabrera Pinto).

Y recuerdo también la visita de Franco a Canarias en 1950, en que por cierto cuando visitó la Universidad, casi acabada la cubierta con cortinajes, mostró su disconformidad con que se había edificado enfrente del mismo y del Campus el edificio, entonces en estructura de cemento, del Colegio Mayor San Fernando.

Otra etapa de mi vida muy importante fue mi matrimonio con mi esposa, con la que este año hemos celebrado las Bodas de Oro y que pese a nuestro proyecto inicial de dos o tres hijos cuando más, terminamos con una familia numerosa de seis hijos, que gracias a Díos y a la educación materna y paterna, todos han conseguido sus carreras brillantes, se han casado la mayoría y han procreado seis hijos, que son mis seis nietos, tan queridos. La mayor Beatriz, una belleza de ojos azules y simpatía simpar, acaba de cumplir los recordados quince años que celebró con múltiples amigas el día de ayer (y recordé con su madre María José, la célebre canción del Dúo Dinámico, “quince años tiene mi amor” pues esa era la edad de plenitud de la mujer en épocas pretéritas claro). ¡Está como en los quince!

Para no cansar más la atención del lector, en otra ocasión contaré anécdotas de mi polifacética vida de estudio profundo de las leyes, la jurisprudencia, que por cierto el otro día un viejo cliente me recordó tomando un café, que yo le había defendido tan bien en el juicio oral ante la Sala de lo Criminal, en la vieja Audiencia de San Francisco, que terminada la vista y el informe de la defensa, que es el último, la propia Sala me felicitó y los abogados que allí se hallaban.

Porque yo siempre me esforcé, siguiendo la tradición de mi padre, en la oratoria forense, no tan fluida ni adornada como en su época, pero sí contundente y bien fundamentada, con estudio profundo de la jurisprudencia que completa la fría Ley.

Toda esta actividad cohonestada con la roturación, construcción de estanques, pozos y galerías y bancales para una finca heredada por mi padre en Punta del Hidalgo, que prácticamente era un erial y que fue sorribada bajo sus auspicios pero que dirigía yo poco a poco y con créditos durante varios años hasta convertirla en un vergel, en un jardín verde, como dice mi hija María José, un verdadero césped verde, contribuyendo así a la ecología del lugar y dando abundante trabajo a personas de la localidad.

Y todas estas vivencias, compartimentadas y alteradas su orden, en una mezcolanza inextricable las vivo en sueños… pero no me pesa, pienso que la muerte es amiga fiel que no falla con su guadaña, y así lo pido a Díos, sea como una “dormición” profunda de la que no se despierta jamás…

La Laguna de Santa Cruz de Tenerife, a 30 de septiembre de 2013