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miércoles, 11 de junio de 2014

Javier Rodríguez (PL)

En realidad no estaba previsto, ni en la agenda meticulosamente preparada ni en la estrategia acordada desde meses atrás ni mucho menos en el resultado esperado de una reunión que costó varios millones de dólares, de acuerdo con las cifras oficiales divulgadas.

La 44 Asamblea Ordinaria de la Organización de Estados Americanos (OEA), recién culminada en la capital paraguaya estaba destinada, desde su concepción, a aprobar como siempre una genérica declaración final, varias también genéricas resoluciones y un poco a preparar la supuesta despedida con honores del cargo del chileno José Miguel Insulza, quien debe abandonar la secretaría general del organismo el próximo año.

Como beneficio colateral, algo que mucho interesaba al gobierno del presidente Horacio Cartes, hacer elogioso énfasis en la proclamada solidez de la democracia en la nación sede y apoyar discretamente la campaña oficial definitoria de Paraguay como el país de oportunidades para los inversores foráneos, favorecidos por la promulgación de la controvertida Ley de Alianza Público-Privada.

Insulza regresaba una vez más a Asunción, donde jugó antes un papel muy especial en el esfuerzo de apuntalar al gobierno de Federico Franco, aislado por la comunidad internacional tras la destitución express del presidente Fernando Lugo vía juicio político acordado por el Congreso.

Analizadas las cosas desde el punto de vista de la existencia ahora de un mandatario electo cumpliendo apenas su primer año en el Palacio de López aunque cargando ya en su haber una huelga general que protagonizaron organizaciones obreras y campesinas, todo debía transcurrir felizmente.

El primer tropiezo surgió inesperadamente, tal vez por un error estratégico cometido por las autoridades locales al divulgar que Paraguay se opondría a un proyecto de resolución brasileño que buscaba recalcar el rechazo a todo tipo de discriminación por cuestiones de color de la piel, género, preferencia sexual o situación económica.

Se basaba la propuesta en la Convención Interamericana contra toda Discriminación aprobada precisamente por la OEA aunque sin la firma y ratificación de algunos Estados, entre ellos Paraguay y Estados Unidos.

El anuncio fue suficiente para que estallara un debate público con el respaldo al documento por parte de las organizaciones defensoras de derechos humanos y las agrupaciones de personas con diversas preferencias sexuales, y la dura oposición de sectores más conservadores apoyados especialmente por la jerarquía católica.

Declaraciones públicas, manifestaciones de calle, acuerdos congresionales con vibrantes expresiones homofóbicas muy condenadas por la opinión pública, intentos oficiales de suavizar una crisis que se le había ido de las manos y hasta la filmación y difusión por los canales televisivos de la represión policial a una manifestación de la comunidad gay, fueron los hechos más resaltantes previos a la Asamblea.

El escándalo provocado por todo ello no pudo impedir, en definitiva, la aprobación de la propuesta brasileña con objeciones al margen de algunos países, entre ellos el anfitrión, y dejando un signo preocupante sobre la tantas veces esgrimida posición de la OEA en defensa de los sacrosantos derechos humanos.

Pero la rebelión mayor vino más tarde, como algo adicional a la frustración sufrida por la misión de Estados Unidos, reforzada con la presencia de dos subsecretarias del Departamento de Estado, al no escuchar durante todo el encuentro de cancilleres y jefes de 29 delegaciones las anheladas críticas a Venezuela y Cuba, uno de sus mayores intereses en la cita.

Lo que sucedió fue todo lo contrario, al llegar el momento de debatir los preparativos de la X Cumbre de las Américas señalada para el abril de 2015 en Ciudad de Panamá.

Carmen Lomellín, representante permanente de Washington ante la OEA, fue la encargada de repetir, una vez más, la oposición de su gobierno a la presencia de Cuba en esa reunión, a pesar de que la anterior, efectuada en Cartagena de Indias, había culminado con la demanda generalizada de los asistentes a favor de la presencia de la isla en la siguiente Cumbre.

La reiteración de la negativa de Estados Unidos fue suficiente para la más dura de las reacciones con una avalancha de intervenciones contrarias a tal posición y una demostración del apoyo a la ausente Cuba por parte de América Latina y el Caribe.

Ecuador, Nicaragua, Venezuela, Argentina, Brasil, Bolivia, Santa Lucía, San Vicente y las Granadinas, Uruguay, México, Dominica, Trinidad y Tobago, Barbados, Paraguay, Guatemala, Perú y Panamá, el propio país anfitrión de la próxima reunión, se pronunciaron por la presencia cubana.

Pero no sólo fue eso, pues hubo referencias importantes a la solidaridad permanente de Cuba con otras naciones, ejemplificada durante las intervenciones en la labor esforzada de médicos, maestros y asesores o en la concesión de becas para formar especialistas que ayuden a sus pueblos

Una interesante intervención la hizo Roy Chaderton, embajador permanente de Venezuela ante la OEA, quien se refirió al artículo de un analista estadounidense divulgado precisamente en una publicación de la organización regional.

Según Chaderton, el artículo abogó por permitir la participación de Cuba en las Cumbres después de un largo proceso de observación mediante el cual se hagan periódicamente exámenes de su “comportamiento” hasta lograr la aprobación final para incorporarla definitivamente.

En materia de buena conducta, Cuba aprobó hace mucho tiempo todos los exámenes con alta calificación como país solidario y tiene mucho que decirnos, por ejemplo, en como se lucha contra la pobreza, afirmó el diplomático venezolano.

Estados Unidos no habló más, la rebelión estaba consumada y la 44 Asamblea Ordinaria de la OEA terminó con una muestra más de que no reconoce el ya definido cambio de época.