Política, redes sociales e indefensión aprendida (I)

Ignorante de mí, con tantas lecturas sobre historia económica y política a mis espaldas. Me creía versado y contestaba, quizás de forma un tanto condescendiente, a mi querida abuela en el transcurso de aquellas sobremesas. Ella aseveraba que nunca votaría a la derecha, que  despreciaban al pueblo y los describía como vestigios del franquismo, pero con mayor nivel de corrupción e hipocresía, que su mentalidad,  su draconiana esencia era inmutable. Yo discrepaba siempre desde el cariño y respeto debido, y describía el discurso como trasnochado, argumentando que no existía esa disrupción, esa dualidad extrema entre “derechas e izquierdas”, que estaba anclada en antiguos paradigmas y que, en la cultura patria imperante, no había grandes diferencias. Mi línea argumental era, parafraseando al gran George Orwell, “y tus socialistas son la rebelión en la granja personificada”. Sinceramente, pensaba que exageraba, y solía concluir mi refutación cantando, vehementemente, la internacional. Cuanto nos reíamos, y cuanto echo de menos aquellas sobremesas.

Han pasado tres largos años, y nunca me hubiese imaginado el escenario en el que estamos inmersos. No ya en el  surrealista contexto socioeconómico, sino en el emocional;  las despóticas formas con las que se trata a la ciudadanía, los insultos a la inteligencia y el uso de estrategias de manipulación decimonónicas tan burdas como previsibles. En este entorno, destaca el uso de un arma tan poderosa como es la culpabilidad, proyectándola sobre las personas con una línea propositiva digna de 1º de la ESO. La autoculpa nos engaña haciéndonos sentir incapaces ante algo que creíamos controlar, generándonos desasosiego y frustración. Mina la autoestima, nos hace vulnerables, y por tanto manipulables. Si cargamos con la culpa, liberamos a los demás de la suya, de la obligación de subsanar los errores, o cuanto menos evitar cometerlos de nuevo.

Ese mensaje coral de antiespañol y agorero, aplicado a todo aquel que ose discrepar. Usar el descrédito como única técnica de debate y tratar de diluir, cual minucia, una exacerbada corrupción propia  de piratas –que no corsarios- de ciénaga. Todo ello, aderezado con represión y salteado con dispersión de los archiconocidos problemas del país. En psicología existe un término denominado indefensión aprendida, que lo asocio a todo lo que acontece, a toda esta generación de contenidos que nos salpica sin descanso, minando la moral de las personas. El pensamiento positivo, no es una píldora que podamos tomar para fomentar el autoengaño, no, ni sería prudente mantener esas posiciones. Es cansina la estrategia de esconder los problemas debajo de la alfombra, echándose la culpa unos a otros, mientras eso sí, se sigue engordando el patrimonio y los saldos de las cuentas. Si a todo ello, le sumamos una sensación de falta de voluntad de cambio, seguimos sin cerrar el círculo.

Cuando parecía alcanzado el límite, entra en juego un nuevo ingrediente: Las redes sociales, a las que describen como promotoras de violencia. Evidentemente que son un peligro, no cabe duda, pero no debido a cuatro descerebrados que quieren tener su segundo de protagonismo con comentarios macabros. ¿En el contexto socioeconómico actual?. ¿Perseguir algún comentario soez sobre Carrero Blanco, o sobre una banda terrorista que ya no existe, es lo prioritario?. ¿Con todos los datos sobre el funcionamiento de la diputación, a la luz pública tras el crimen de León, la inquietud política es que algún nini ocioso haga un comentario macabro en twitter?. ¿ Comentar que se asemeja más a un ajuste de cuentas de la mafia calabresa, que a política, es punible?. Porque sepan ustedes que en la calle, mientras aun se pueda hablar sin miedo, los comentarios siguen esa línea.

Eso sí es lo verdaderamente preocupante, que se intenten usar las redes como maniobra de distracción o como excusa para fiscalizar, para controlar porque son incómodas, porque no se pueden manejar con subvenciones, porque se usan para movilizar ideas y también para las necesarias catarsis del ciudadano. Asimismo, tienen función de permanente recordatorio, sinopsis, análisis y foros críticos, independientes y más solventes que la mayoría de los medios. Todo ello hace que muchas personas puedan pensar por sí mismas, elegir, beber de diversas fuentes y generar su propia corriente de opinión. Estos ambientes son difíciles de controlar, de manipular, a pesar de que coexistan en ellas vehementes cachorrillos pegando argumentarios, atacando a todo el que discrepe y labrándose su futura caseta con jacuzzi. Lo paradójico es que desconocen que solo llegarán a primera división, a chupar de la teta pública, un bajo porcentaje, por lo que dentro de unos años, pasarán de ser palmeros incondicionales, a sentirse parias, utilizados, y con verdadera animadversión hacia los colores que ahora defienden. Inexorables reglas del sibilino juego y del calado político existente, de una sacrosanta clase política, una casta neonata, en la  que en muchos más casos de los deseables, su preparación académica y/o experiencia profesional, no les permitiría desempeñar un puesto base en la empresa privada. Perfiles así son los que se sienten legitimados a impartir cátedra moral y argumento ad verecundiam al pueblo.

Ya no podemos salir a la calle a mostrar indignación. En parte han ganado esa batalla. Hay miedo a las cargas policiales, a la humillación, la estigmatización, a posibles infiltrados que promuevan las cargas, a antisistema que revienten ilegítimamente pacíficas protestas y por si fuera poco, al día siguiente el mensaje de que unos indeseables ciudadanos, panda de perroflautas y antipatriotas, han proyectado mala imagen ante la comunidad internacional. No se pueden promover las movilizaciones por internet, a riesgo de ser acusados de un delito. La nueva torsión es analizar las opiniones en las redes, eliminar  el derecho a catarsis, a la ciberpataleta, con mejores o peores formas. ¿Es eso lo que realmente importa?. Creo que no. Nadie niega que en determinaos casos haya que actuar, que no se puede enaltecer el terrorismo, pero eso ya se controla actualmente por medio de la unidad de delitos informáticos e incluso recientemente hubo detenciones. De lo que se trata es de usar el miedo, el ojo de Saurón en las redes sociales, y eso es inhibición y represión.

¿Quis custodiet ipsos custodes? 

Gracias por vuestra atención. Continuará…