Racismo y futbol

 

Cuando disfrutamos la celebración de un Mundial de Fútbol en África, vemos a las selecciones nacionales como Camerún o Ghana lucirse contra potencias europeas o sudamericanas y la eterna imagen de El Rey Pelé nos parece que el racismo en el fútbol es algo que surge de vez en vez, una pecata minuta, una piedrita en el zapato, en fin, una conducta descuidada pero inofensiva. Pero como en otros deportes que el cine de Estados Unidos ha proyectado, la lucha de los jugadores negros por integrarse al mundo del balompié ha sido dura, trágica e injusta.

Como sucedía en la campiña inglesa, lo clubes deportivos que se establecieron a partir de 1865 en Montevideo, Buenos Aires, Rio de Janeiro y Sao Paulo eran el lugar para que las elites inglesas y europeas socializaran el fin de semana. Llevaban la canasta de picnic, las mujeres preparaban los sandwiches y los caballeros chutaban el balón. Por su parte, los mineros, empleados domésticos y obreros miraban a la distancia y se preguntaban qué tenía esa pelota que todos perseguían.

Para inicios del siglo XX la selección nacional de Uruguay fue la primera en el cono sur en incorporar jugadores negros en sus filas. En el torneo Sudamericano de 1916 la celeste le metió a Chile un 0-4 a domicilio. Vergonzosamente, la asociación chilena de fútbol solicitó la anulación del partido pues “jugaron dos africanos”. Estos chicos fueron Juan Delgado e Isabelino Gradín, primeros jugadores negros en un equipo profesional, tan solo 41 años antes de que otro negro, Jackie Robinson, ingresara a las filas del baseball en EUA en 1947. En otro campeonato Sudamericano (1920), Uruguay le propinó la peor derrota internacional a Brasil con un 6-0. En ese entonces, con la selección brasileña no jugaban negros, y por las mismas fechas la presión social hacía que en Brasil los jugadores negros utilizaran polvo de arroz antes del partido y en el medio tiempo para cubrirse la cara y “blanquearse”. Mientras tanto, los uruguayos de raza negra, José Leandro Andrade y Juan Píriz, eran se hacían imprescindibles para la conquista de la medalla de oro en los olímpicos de París 1924 y Ámsterdam en 1928. Posteriormente, en 1930, Andrade levantaría la Copa Jules Rimet en Montevideo en 1930 para coronar a Uruguay como primer campeón del mundo.

FBL-URUGUAY-ANDRADE

 

El campeonato mundial de 1934 se celebraría en Italia y Benito Mussolini necesitaba nacionalizar a los mejores jugadores de ascendencia italiana que en ese momento jugaran en Argentina, Uruguay y también del sur de Brasil. Varios jugadores se cambiaron el nombre para que sonara italiano en el cono sur y muchos fueron nacionalizados italianos. Irónicamente, esta jugada fascista de Mussolini provocó la profesionalización del fútbol uruguayo y brasileño y facilitó la contratación de jugadores de raza negra que de ninguna manera pasarían por italianos.

A partir de 1934 Brasil incorpora cada vez más y más jugadores negros a las filas de su selección nacional. Idolos cómo Fausto, Leonidas y Domingos después de demostrar su calidad con la verde-amarela jugarían para clubes europeos, pero no sin discriminación y racismo. Todavía, después de la apertura a los jugadores negros en la selección brasileña, la posterior derrota brasileña ante Uruguay en la final de la Copa del Mundo de 1950 fue achacada de manera pública por los periódicos a los defensas negros de Brasil.

Esa persistencia del racismo se ha mostrado insuperable y sigue vigente en el siglo XXI. Aún en su forma escondida y parcial de racismo “cordial” cuando en el estadio se aplaude al jugador africano del equipo local y se le hace burla y se humilla de manera dirigida y particular al negro que juega en el equipo contrario. No es chiste, no puede ser broma, no debe dar risa. Todavía en 1914 los negros todavía no tenían permitido jugar fútbol en las calles de la hoy mundialista ciudad de Bahía.