Somos de los que aún sueñan

A veces me preguntan: “¿Aún se reúnen? Pero si ya pasaron las elecciones, ¿qué es lo que hacen?” Otros son más cínicos y se atreven a cuestionarme: “¿Usted en serio cree en el socialismo?” He visto dictaduras disfrazadas de revolución, también a líderes consumidos por el poder, me ha tocado ver la miseria en la que son sumidos los pueblos que deciden liberarse y las duras reprimendas a los países pequeñitos que se declaran soberanos ante los grandes poderes transnacionales, y aún con todo esto, solo puedo responder que sí.

Sí creo, ¿y cómo no creer? Cuando repartía los volantes del partido por los barrios de mi ciudad, según yo de forma abnegada y sin ninguna remuneración, terminaba recibiendo algunos de los tesoros más grandes de la humanidad: una sonrisa sincera de un trabajador, la fe que ponían las personas en mí y en mis camaradas al escuchar nuestra propuesta, una palmada en la espalda de cualquiera que nos viera querer desfallecer o la esperanza renovada en unos ojos ya cansados, cosas que movían mi cuerpo una vez más, día tras día, bajo el Sol o la lluvia porque aún era posible.

Y es que me he enamorado de esta loca idea de que la historia no ha terminado aún, de que ese fantasma que recorría Europa cruzó el charco, que el muro de Berlín al fin y al cabo solo era un muro y aquella gran lucha de una pequeña isla en el caribe no fue en vano, que ahora no está sola, a como no está solo el proletario. Me ha cautivado este socialismo renovado, moldeado por la historia del pueblo que lo acoge, el socialismo que ha reivindicado las luchas sociales, que adopta y se conjuga con los diversos movimientos que defiendan una causa justa.

Quizá  estoy siendo muy romántico, talvez soy muy inocente e ingenuo, lo que sea que rija actualmente es lo que hay, sería mejor no moverme de la cama y dejar de intentarlo, ¿para qué buscar un futuro mejor? “Tenés sábados, hembras y televisores, tenés días para dar aún sin los pantalones. ¡No preguntes más!” resuena en mi cabeza, pero quiero ser un hombre libre, tanto de la opresión como de la culpa, pues está bien dicho en La Biblia que el que sabe hacer lo bueno y no lo hace comete pecado.

Por eso aún me reúno con esos hombres y mujeres que me acompañan en esta utopía, mis compañeros y compañeras de lucha, quienes han marchado conmigo y antes de mí por un país más justo para todos. A estos y estas jóvenes que en circunstancias normales no se les podría confiar ni el dinero de la semana, los he visto ingeniárselas con absolutamente nada en mano más que creatividad, disposición y destreza para luchar contra el mundo entero. Jóvenes que sin ninguna motivación, excepto por el conocer, se encierran en su habitación a leer, investigar e ilustrarse para construir con sus mentes y su fuerza una mejor sociedad, una sociedad socialista.

Con todo esto, solo me queda preguntarle a todos esos incrédulos: ¿Después de ver todo esto, cómo nos puede preguntar si creemos en nuestra causa? ¿Aún quiere una respuesta a sus interrogantes? Pues es muy sencillo, nos seguimos reuniendo porque somos de los que aún sueñan.