Vivencias. Iliana Curra

Para adquirir el libro cliquee en la portada

Para adquirir el libro cliquee en la portada

Una crítica de María Argelia Vizcaíno:

Acabo de leer el libro “Vivencias” de la admirada periodista y luchadora por los derechos humanos en Cuba y EE.UU., Iliana Curra. Su lectura fácil e interesante hizo que devorara las hojas, a pesar del corto tiempo que disponía. Es que además despertó mi tendencia por estar más informada sobre la verdadera historia de mi país.

He leído infinidad de libros que hablan del presidio político cubano después de 1959. Puedo de memoria nombrar los títulos de los que más recuerdo: “Contra toda esperanza”, de Armando Valladares; “Todo lo dieron por Cuba”, de Mignón Medrano; “Cuba: Prisionero de la verdad” de Arnaldo Ramos Yaniz; “Los sacrificados del Caribe”, de Alberto E. Grau Sierra; “El costo de las ideas, entrevista con Jesús Yánez Pelletier”, de Jorge Aguilar; “Los Plantados” por Nerín Sánchez, y muchos otros, igualmente artículos de gran importancia sobre el mismo tema como los escritos por Manuel Vázquez Portal, Martha Beatriz Roque, María Elena Cruz Varela, Luis Cino, Adolfo Rivero Caro (EPD), etc. Cada uno testigo de una experiencia diferente conforman una escuela sobre lo que han vivido miles de hombres y mujeres que trataron de manifestarse contra la tiranía genocida de los Castro. Sin embargo, considero que “Vivencias” de Iliana Curra, no es uno más, sino una cátedra necesaria, que nos refuerza lo aprendido, de que ese gobierno implantado a la fuerza en Cuba fue y es, de los más sanguinarios del mundo.

No entiendo a los que después de conocer todo lo que allí han sufrido miles de hombres y mujeres, continúen apasionados con la tiranía castrista y sus cómplices. Y lo peor, los cubanos que viven libres en el exterior, que se imponen una vida llena de limitaciones para ahorrar hasta el último centavo con tal de gastarlo en ir a vacacionar al lugar de donde tuvimos que salir para poder ser personas y no esclavos, y cierran los ojos para no ver lo más desagradable cuando se ponen a disfrutar de lo poquito que queda de bello en un lugar tan manchado de sangre. No comprendo a los que desean mantenerse indiferentes al dolor ajeno, sin importarle la imagen que ofrecen de seres egoístas y miserables, por el solo hecho que tuvieron la suerte de no vivir de muy cerca el horror. Y tampoco les importa que se les note tanta ignorancia, cuando piden que se perdone a los que han dañado inmerecidamente al pueblo cubano y a muchos otros en el mundo, eximiendo de “responsabilidad a los que han vivido al amparo del régimen por todos estos años (…) como si las víctimas (que son demasiadas) no contaran”.

¿Cómo complacer a quienes nos segregaron y siguen segregándonos cuando en el aeropuerto en Cuba te hacen entrar por una puerta diferente a los turistas de otros países? Y te siguen limitando, apabullando, contaminando y exigiendo como cuando vivíamos bajo su yugo, como ciudadanos de tercera aunque le lleves las divisas anheladas. ¿Cómo continuar acatando sus dictámenes, “con una indolencia universal que lastima hasta lo infinito”? Por eso estoy totalmente de acuerdo con lo que ha narrado Iliana sabiamente en ese capítulo de su libro que titula “Perdonar”. Aunque acepto todo lo que ha escrito en los demás capítulos, llenos de datos de gran trascendencia histórica que es imprescindible conocer, si queremos opinar sobre la tragedia cubana.

En lo personal no pasé por nada ni similar a lo que tan magistralmente relata Iliana Curra en “Vivencias”, pero no pude dejar de sentir mis manos entumidas por las esposas que la apretaban detrás de mi cuerpo, la insalubridad de los calabozos, su infernal calor o el intenso frío con que los obligaban a vivir, la comida contaminada con alimañas de toda clase, el dolor de la familia inmediata al saberlos indefensos convertidos en guiñapos, “los gritos desesperados de aquellos que casi se vuelven locos por el encierro y los castigos”. Recordé lo humillante que es sentirse que nos desnuden para registrarnos y que nos abran la entrepierna para tratar de mancillarnos (como hicieron a mi madre y a mí, y a muchos otros, cuando nos íbamos de Cuba definitivamente), sin darse cuenta que nos hacían más dignos y a ellos más bajos, villanos y más martirizados por su cobardía.

Esa manera agradable de redactar de “la Curra de Cuba”, – como le decimos cariñosamente y con tanto respeto – poética, sensible, veraz, es la que nos sumerge dentro de las entrañas del monstruo, para aprender más sobre vilezas imperdonables, y al mismo tiempo “nos fortalece ideológicamente”. Igual que escribió otra admirada luchadora, Ninoska Pérez Castellón en su formidable prólogo de este libro necesario, no conocíamos a Iliana en Cuba, pero nos unen los mismos ideales y “la compartida convicción de una lucha desigual, pero ineludible”. Si antes admiraba a la perseverante y audaz Iliana Curra y a todas las expresas políticas, después de leer “Vivencias”, siento que estoy en deuda con ellas.

Si quiere graduarse de dignidad y patriotismo, además de estar bien informado no deje de leer “Vivencias”, y compartir su aprendizaje con otros, especialmente con los más indiferentes, con los aún adoctrinados aunque digan que son “anticomunistas” pero que siguen pregonando lo que les inculcaron a favor de la tiranía, porque como dice la autora Iliana Curra en la contraportada del libro, es nuestro deber con los que lucharon por la libertad de Cuba y ya no están, pero “los que hemos quedado vivos, viviremos para denunciarlo”.

María Argelia Vizcaíno.